Preguntar

Recuerdo una anécdota de hace un tiempo. Había salido a comer con una prima. Ella era una niña aproximadamente de unos 9 años, muy curiosa, ávida de conocer, de saber, inteligente, indagadora. Conversando con ella le dije: “puedes hacerme cualquier pregunta que quieras, si puedo, te la respondo”. Ella abrió los ojos con una gran impresión, su sorpresa fue enorme, era la primera vez en su corta vida que alguien le decía eso y creo que yo mismo no había medido muy bien mi frase, sobre todo, la responsabilidad que conllevaba. Esta concesión de mi parte abrió la puerta a una cantidad de preguntas interminables sobre muchas cosas. Tal como le había dicho y tanto como mi responsabilidad me lo demandaba, lo que pude, honestamente, lo respondí.

Cito esta anécdota porque en nuestra comunicación cotidiana, intrapersonal e interpersonal, no siempre somos capaces de hacernos preguntas y aún menos de conceder estas licencias. La comunicación, más que contarnos anécdotas e incluso secretos, creo que se basa en gran medida en la capacidad de hacernos preguntas, en un nivel intrapersonal e interpersonal, independientemente de la relación que exista en el encuentro de esas dos existencias que comunican entre síDSC07583

Hacernos preguntas y tener la seguridad suficiente y necesaria para formularlas, es básico en las relaciones que se basan en  la confianza, en la posibilidad de establecer puentes, lazos de comunicación que sean, verdaderamente duraderos. Así como puede existir la posibilidad de formular preguntas, también es necesario tener la posibilidad de responder o no responder a las preguntas que nos formulen, sin que lo uno o lo otro conlleve alguna acusación por parte del emisor o del receptor.

Tengo la necesidad de rescatar  la posibilidad de hacer preguntas como vehículo indispensable para transitar la senda de la humildad, como abono para cultivar relaciones  con raíces profundas y tallos fuertes, que puedan florecer con y a pesar de los avatares de la existencia. Tengo la necesidad particular de trabajar sobre la comunicación que establezco con mis semejantes porque la palabra es una herramienta fuerte y duradera que en un nivel emocional permite vinculaciones duraderas.

Cuando hablo de relaciones que crezcan y echen raíces profundas me refiero a todo tipo de relaciones entre dos existencias, parejas, padres e hijos, madres e hijos, amigos, relaciones profesionales, la comunicación entre figuras profesionales, colegas, etc. Somos responsables de lo que decimos, de lo que significamos y somos responsables en parte también de lo que entendemos, razón por la cual es importante indagar y sentir la confianza necesaria para hacerlo, clarificar, evadirnos de la bruma que empaña a la comunicación, de establecer significados comunes y no asumir cosas sin necesidad.

Preguntar, interpelar, cuestionar, demandar, consultar, dudar, aún cuando pueden ser utilizados como sinónimos y pueden conllevar casi lo mismo, son verbos que implican diversos matices. Preguntar implica plantear un asunto. Las preguntas pueden abrir puertas y también pueden incordiar. Ser sujeto de preguntas no debería ser considerado una afrenta. Cuántas veces dejamos de preguntar por miedo a molestar, por no querer incomodar a alguna persona. A quien se le pregunta, también tiene la posibilidad y la potestad de responder o no. Creo que ambas posturas son esenciales en el desarrollo de la confianza y la comunicación. Pero preguntar no debería ser considerado un agravio, un traspase de los límites.

Noticia-147980-fondo-del-marNo sólo se trata de hacernos preguntas, se trata de hacernos nuevas preguntas, preguntas que nunca nos habíamos hecho. Si siempre hacemos las mismas preguntas, siempre obtendremos las mismas respuestas. Se trata de la confianza y la posibilidad de preguntarnos y de respondernos. En ese traspase de los límites a los cuales me refiero en el párrafo anterior, por supuesto que existen relaciones con mayores grados de confianza que otras, sin embargo, dentro de relaciones que parecen muy sólidas y profundas, relaciones de años, la posibilidad de hacer preguntas está limitada a la superficialidad.

Nuestras relaciones, incluso entre personas queridas, se encuentran llenas de presunciones, de elucubraciones, de especulaciones acerca de lo que el otro siente y piensa acerca de una determinada situación. Es posible que en muchos casos no podamos llegar a la verdad de lo que está frente a nosotros, de lo que el otro piensa y siente, porque simplemente no nos atrevemos a preguntar. Quizá  no nos atrevemos a formular la pregunta de manera adecuada bien por falta de confianza, bien porque no seríamos capaces de hacernos la misma pregunta a nosotros mismos, o bien, porque tememos la respuesta que podamos recibir.

Una relación entre dos personas, puede cambiar para bien, solo con hacer una pregunta, solo con dar una respuesta en caso de ser posible. Una relación entre dos personas puede cambiar, puede desvanecerse en el tiempo, simplemente por la inexistencia de preguntas, por la ausencia de un diálogo franco y abierto, sanador. El diálogo y la confianza base sobre la cual se sustente, será  y tendrá lugar en la medida en que sea posible el espacio para las preguntas, para las indagaciones, el espacio para los silencios, en fin, el espacio para la comunicación, la posibilidad de encuentro entre dos existencias que actúan, piensan y sienten, que viven, que sufren, disfrutan, padecen, gozan.

Autor: Daniel Rojas Salzano

 

 

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