Bendecir en tres actos

Bendigo cada cosa que me rodea. La tierra que sustenta mis pies, la cama que me recibe cuando estoy cansado y las sábanas que me arropan. Bendigo mi ordenador porque me tiene paciencia cuando le exijo “dame música, abre internet, quiero leer, ver correo, comunicarme con amigos, escribir mis impresiones más íntimas, trabajar, etc.” Bendigo la casa que me da un techo. La comida que me puedo comer, sea la de mi casa o la que recibo fuera de mi hogar. Bendigo las manos y corazones que ponen esa comida ante mí. Bendigo mi lengua y mi cerebro que pueden decodificarla, disfrutarla; mi estómago. Bendigo las aves que cantan en la mañana y me despiertan aunque falle la alarma (quisiera despertarme sin alarmas). Bendigo las cosas que me rodean. Bendigo las personas que me rodean. Bendigo a mi familia, la natural y las que me han abierto las puertas de sus hogares. Bendigo cada uno de los ambientes en donde hago vida y las personas que están allí presentes. Bendigo el bien que está inherentemente contenido en las malas situaciones que se me presentan y no me gustan, porque de ese mal sabré obtener algo que me beneficiará, algo que me fortalecerá. Bendigo al que me hace bien. No todo el tiempo bendigo a quien me ha hecho mal (pero tampoco lo maldigo). Eso último, lo debo aprender.

Bendecir es uno de los actos más hermosos y puros que existen en la tierra. Bendecir nos conecta con lo bueno que habita en nuestros corazones y con lo bueno de las situaciones, de las personas. Bendecir es una derivación de “decir bien”. Cuando bendigo, digo bien, doy bien a una persona. Independientemente de las creencias que tenga cada uno, bendecir es un acto de desearle el bien a otro ser, incluso es una manera de agradecimiento ante personas, situaciones y cosas. Bendecir, es desear el bien.

Cuando bendecimos las cosas materiales que tenemos, de alguna manera estamos reconociendo desde una perspectiva positiva a todo aquello que tenemos, sea abundante o escaso. Cuando bendecimos, le estamos deseando el bien a eso que tenemos y nos hacemos conscientes de la presencia de “esa cosa” en nuestras vidas, no la damos por sentado y sabemos, de alguna manera, que esa cosa en nuestra vida podría no estar. Ese objeto, aparato, artilugio, cosa material que bendecimos, lo estamos reconociendo y le estamos de alguna manera agradeciendo por hacer nuestra vida un poco más fácil. Más sencilla. Quizá más alegre. Según lo que sea ese algo. Paradójicamente, algunas personas que en abundancia tienen, no suelen bendecir demasiado sus cosas. Dan por sentado que las cosas existan y tengan que existir en sus vidas. Aunado a una sensación de insatisfacción que va siendo creciente en la medida en que más se tiene. Generalmente.

Las personas que están a nuestro alrededor también son dignas de recibir nuestra bendición. Con algunas personas tenemos la sensación de que debemos bendecirlos, a otros quizá no. De otros, necesitamos que nos bendigan y hasta pedimos la bendición. Al menos es una costumbre muy arraigada en Venezuela. En cualquier caso, sea que expresemos o no tal bendición, sea que las bendigamos o no, lo que no debemos hacer es maldecir a nadie. Maldecir a una persona es condenarnos a ensuciar nuestra alma, nuestro pensamiento o nuestra boca con una palabra que es tan desagradable y espantosa como lo que intenta expresar. Por el contrario, bendecir a una persona implica una suerte de sortilegio hermoso y luminoso que independientemente de la persona a la cual sea dirigida la bendición, de vuelta nos llena el espíritu, el pensamiento y la boca de una energía clara, positiva.

Bendecir las situaciones también debería ser parte de nuestras acciones. Recuerdo una hermosa frase que leí de Conny Mendez que decía “bendigo el bien en esta situación”. Hermosa frase de esta compositora venezolana. Cuando se refería a “Bendecir el bien en una situación determinada” pretendía que de alguna manera reconociéramos aquello positivo que estaba presente en una situación determinada con la que estuviéramos en desagrado y  nos sitúa en una especie de apertura mental que nos prepara para recibir y elaborar cuanto debamos aprender de la experiencia. No todas las situaciones son tan malas como para no aprender absolutamente nada de ella y bendecir el bien en una situación desafortunada, particularmente me ha servido para aplacar mi pensamiento atribulado y lograr serenar mi cerebro y mi pensamiento con el propósito de generar una especie de transformación tanto en lo emocional como en lo cognitivo que me conduce a la búsqueda de oportunidades de crecimiento y la posibilidad de encontrar una solución para resolver aquello que me supera en un punto determinado.

En fin, bendecir, sea lo que sea o a quien sea que bendigamos y por el motivo que sea, nos posiciona en un lugar privilegiado y de mayor humildad. Intuyo que una mente que ha bendecido es una mente que puede mantener la calma por mayor tiempo. Bendecir es una acción generadora de encuentros. Con uno mismo y con los demás. Bendecir es un instrumento para tender puentes, para construir relaciones. Bendecir es un verbo activo en continuo movimiento y acción. Bendecir, aunque sea por costumbre, es mucho mejor que la palabra que afea el diccionario. Bendecir es un sueño hermoso. Decir bien a algo, alguien o alguna situación es reconocer la existencia propia, la existencia ajena y la sagrada existencia que se manifiesta en una unión común que se da entre humanos.

Autor: Daniel Rojas Salzano

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Te Quiero

Te quiero,
te lo he dicho con el viento
y con el aire que sale disfrazado
de palabras llenas de magia,

Te quiero,
con mis manos y con las ansias,
a través de mis pasos
y los caminos que recorro,

Te quiero,
contando los besos que brotan
y vuelan alrededor de tu piel,
anidando en el calor de tus hombros,

Te quiero,
va pasando el tiempo
y en esas andanzas, noches y
labranzas, llego al siguiente destino
posible a tu lado,
amarte.

Dedicado a V.

Autor: Daniel Rojas Salzano

Tengo nostalgias y fe

Tengo nostalgias de un país mejor. Tengo nostalgias de un país más amable. Tengo nostalgias de un país que se hacía querer continuamente por quien lo visitaba. Tengo nostalgias de un país que tenía las puertas abiertas para el que llegaba. Tengo nostalgias de disfrutar hacer mercado, hacer las compras.

Cada mañana me levanto con un gran entusiasmo, como si esas 5:30am, hora a la que suena el despertador, fuera la alarma de una promesa. La mañana que me levanto a esa hora es brillante. Es un momento de esperanza. Esa alarma que anuncia una promesa dicta la pauta de “cada día tengo que ser/hacer mejor”. En la mañana, cuando estoy desperezándome, en el momento en el cual estiro mis brazos y me digo a mí mismo con alegría “otro día más, otra oportunidad”, el entusiasmo me comienza a recorrer el cuerpo. Esa hora, definitivamente es una hora de esperanza. Viene a mi cabeza la frase tan hermosa de un marcalibros que perdí hace tiempo. Esa frase rezaba: “que el lucero de la mañana, estrella que no conoce ocaso, encuentre siempre encendida la lámpara de nuestra fe”.

Ese mágico momento de la mañana es una epifanía. Manifestación de la alegría y la esperanza. Las sombras no existen. En la medida en que mis ojos se van abriendo todo se va llenando, subrepticiamente, de luz e ilusión. Siento real la posibilidad de generar cambios en conjunto con toda esa gente buena que me rodea continuamente en mis días. Familia, amigos, compañeros de trabajo y estudio. Otras son personas desconocidas pero también valiosas, porque creo definitivamente que existe mucha gente valiosa. Porque creo que la humanidad es valiosa, a pesar de todas aquellas personas negativas que la conforman y desvirtúan la propia ontología de lo que es humanidad.

La mañana del nuevo día anuncia en el canto de las aves una esperanza necesaria. La mañana del nuevo día viene cargada de probabilidades a través de las cuales apuesto a favor del bien. Cada mañana, con la luz del sol, pienso en el sentido de lo que hago y haré. En el sentido superior, en el propósito trascendente de mi vida y las actividades del día. Aun cuando soy apenas un grano de polvo cósmico en la vastedad de la galaxia, que mi vida es menos que un parpadeo en la historia del universo y mi vida completamente llena de finitud, me levanto con pasión. Evito preguntarme ¿para qué voy a hacer esto si al final unos pocos lo sabrán o se enterarán? Evito decirme: “una golondrina no hace verano”. Pensamientos limitantes. Creo que lo que yo haga, por pequeño que sea, siempre es necesario, es parte de algo más grande. Soy un diminuto impulso eléctrico en el corazón del universo, sin embargo, un corazón sin impulsos eléctricos muere.

Entonces comentaba, que me levanto muy bien. Pero también te comentaba en un inicio, que tengo nostalgias. Estas las voy adquiriendo durante el día. Si en la mañana me levanto lleno de vigor y buenas expectativas, entusiasmo y alegría, en la medida en la cual va pasando el día las cosas se van haciendo un poco más sombrías. De repente en algún momento del día llegan juntas de la mano la calamidad, el desánimo, el rencor, el dolor y la tristeza y comienzan a golpear a mi puerta y derrumban nuevamente la muralla de la esperanza.

A medida que va pasando el día, las palabras anteriores, todos esos buenos sentimientos, comienzan a menguar. Si en la mañana aquellas palabras confluyen conjuntamente con el amanecer, los mazos de una realidad dura, a la cual pareciera que no terminamos de acostumbrarnos, viene de nuevo a golpear los tapias de mi vida. Y surge la nostalgia. La rabia. El enfado. Las ganas de terminar con todo de una buena vez y decir, hasta aquí he llegado Yo, humanamente esto no se aguanta. Hasta dónde vamos a llegar.

La realidad. Los embates de una situación muy diferente a lo que alguna vez soñé (como sueño es una de las pesadillas más angustiantes que me ha tocado experienciar), hacen que el transcurrir del día y la insistencia por hacer las cosas bien sean una tarea titánica. Mi país, se ha convertido en un vertedero. Transcurrir cada día, cada vez más alejado de esa mañana tan placentera y esperanzadora, se convierte en una tarea de envergadura para evitar colgar los guantes. Para evitar recitarme el mantra “todo está perdido”.

Durante el día, en la medida en que las horas se van llenando de malas noticias, de quejas y de palabras altisonantes empapadas de descalificación, en esa medida pareciera que quisiera aflojar la guardia. Bajar los brazos. Rendirme. Pero no me rindo. Definitivamente no lo hago y sigo insistiendo. Es difícil llegar a casa y ver a los tuyos y no poder encontrar dentro de mí lo necesario para ofrecerles algo mejor, poder ayudarles a paliar el sufrimiento compartido del cual todos somos partícipes.

Y me arropa la nostalgia. La nostalgia de normalidad. La nostalgia de días tranquilos de la juventud y la infancia donde los días transcurrían con un poco más de serenidad y la sombra que acompaña cada uno de mis pasos no existía en el cielo negro de la noche, antaño, lleno de estrellas.

Me pregunto, ¿Cómo es que sigo insistiendo? Tengo una sola respuesta. Fe. Me acuesto con Fe. Comúnmente duermo bien. Y tengo fe. Esta fe en que cuando el lucero de la mañana saldrá y encontrará encendida la lámpara. Y me levanto con el nuevo día, con la esperanza y el entusiasmo a flor de piel. Creo que no hay más opciones. El día que me levante sin tener perspectivas y posibilidades, sin estar convencido del propósito superior de las pequeñas labores que hago en este vasto universo, ese día será un día muerto. Y no pasa nada si tengo nostalgias. No pasa nada si nostalgio aquello que alguna vez fue pero ya no lo es, ni será. No pasa nada porque simplemente, no vivo conectado con la nostalgia. No pasa nada. Porque el entusiasmo, la alegría, el vigor y la fe con la que despierto cada mañana, me dicen que hoy, exactamente aquí y ahora, es una nueva oportunidad.

Autor: Daniel Rojas Salzano.

Recetas para un país mejor

Yo pregunto, ¿Será que en un futuro, no muy lejano, tendremos que mirar a nuestros hijos, nuestros nietos y decirles: “vives así, en esta situación miserable, porque no tuvimos el coraje de luchar por un futuro mejor”? ¿Será que desde tierras lejanas, padres y abuelos verán a sus hijos y nietos a los ojos y les dirán que la tierra prometida, la de las verdades perdidas, la de lejanas falacias es un recuerdo porque no nos atrevimos a hacer algo por un futuro mejor? ¿Será que asumimos de una vez esa responsabilidad y bajamos los brazos? ¿Valdrá la pena seguir luchando? Venezuela no es el mejor país del mundo. Venezuela dista de ser el mejor país del mundo, sin embargo, es nuestro país y creo, que vale la pena luchar y trabajar por un mejor país.

La verdad, si usted me pregunta, yo no sé qué hacer exactamente. No tengo ni idea. Tampoco me he reunido con gente a preguntarnos razonadamente, buscando soluciones, qué podemos hacer con este pedazo de tierra que alguna vez el insigne Cabrujas mencionó como un gran campamento en donde todos llegan y se van, se coge lo que se necesite pero se deja o se repone poco. No pasa de ser un campamento porque todos queremos algo de esta tierra de forma rápida y no nos hemos tomado el tiempo para construir, para sembrar y cosechar y eso, no se hace de un día para otro. No tengo ni idea y tampoco soy un experto en proyectos de “mejor país”. Más allá de las notas estridentes de la cacofonía cotidiana, hay un puñado numeroso de personas con planes racionales, plausibles y sustentables en el tiempo sobre los cuales deberíamos comenzar a volcar nuestros ojos para darles mayor volumen a su voz y que les escuchemos. Ellos tienen proyectos para el país.

En esta tierra vivimos muchos, de esta tierra han partido muchos. Aquí se está instalando el lema: “Sálvese quien pueda, sálvese como pueda”. Algunos han escogido el exilio. Otros hemos escogido el insilio. Nos hemos encerrado. Volviéndonos bestias feroces, desconfiadas, unas veces con razón, otras por alucinación. El que se va y el que se queda continuamente busca de alguna manera racionalizar, encontrar algún motivo para desacreditar a quien se va o a quien se queda según sea el caso. El propósito de esto no es más que enmascarar tanto dolor con el que va penando día a día en un vía crucis muy privado y personal. El país se desprecia, se añora, se lamenta, se odia, se duele, se hace “indiferente”, se habla del país (desde adentro y desde afuera) con soberbia, orgullo, indiferencia, desaire, desdén, menosprecio. Adentro, muy adentro, habita un profundo dolor. Porque no se trata de vivir afuera, se trata del dolor y del miedo. Del miedo de que te llamen, un día, quién sabe con cuantas horas de diferencia para decirte que alguien muy querido ya no está o hicieron que ya no esté. Se trata del dolor de ver reducido un país a colas, escasez, hambre, inseguridad. El dolor mortal de ver reducido este país a escombros y todos sabemos que puede ser mejor, puede ser un buen lugar.

Nuestro tricolor ahora parece tener un significado diferente. El amarillo, antaño las riquezas de nuestra tierra, representan ahora las riquezas expoliadas, en manos de unos pocos. Esas riquezas, ese oro que se ha esfumado hacia tierras lejanas, hacia bóvedas privadas, la riqueza malbaratada para promover las mentiras y las amenazas. El azul, representando los miles de kilómetros de mar y cielo que se ciernen entre nosotros, los que nos hemos quedado y los que se han marchado buscando una vida mejor. El azul de ese mar y océano que está entre el viejo y el nuevo continente, el azul que desde nuestras costas nos dice en el silencio de una ola “la distancia nos duele, nos corroe, nos carcome”. El rojo, ese rojo casi negro, coagulado e indigesto que devora la vida a su paso y anega la tierra de terror, miedo y llanto. Sangre de víctimas, héroes, niños inocentes, mujeres, ángeles y demonios asesinados por miles en un gran campo de concentración en el que se está convirtiendo esta nación.

No importa donde estés, si adentro o afuera. Yo no conozco de recetas mágicas ni tengo soluciones probadas. Menos en este momento donde tengo tanto dolor, tanta rabia, tanto odio por todo lo que en este país pasa (por todo lo que en este país deja de pasar). Está pasando y por lo visto, pasará. Y me refiero a que “pasa” como equivalente a suceso y no como sinónimo de hechos que ocurren con un principio y un final. Y tenemos que hacer algo. Al menos, comenzar por organizarnos, quitarnos la visión mesiánica de la vida, tirar al basurero la creencia de “sucederá algo extraordinario que cambiará nuestro país”. Y tenemos que hacer algo. Quitarnos de encima la creencia “todo está perdido, no hay nada que hacer”.

Para tener un mejor país y contribuir con él, no importa la geografía que nos acoja, debemos entender que destruir es mucho más fácil que construir. Construir lleva años. Para construir es necesario trabajar mucho y muy duro. Se requiere organización para construir, para hacer que las cosas mejoren en el tiempo y  que además permanezcan. Requiere que haya mucha gente haciendo lo que tiene que hacer, lo que sabe hacer, lo que le gusta hacer en función de un propósito superior, de una visión de país, de un lugar que quizá nuestra generación no vea, pero que las futuras generaciones cuando piensen en nosotros lo hagan con orgullo como otrora lo hemos hecho nosotros acerca de nuestros connacionales de la historia. Sin héroes porque creo que la época del heroísmo ya ha pasado. Por cada supuesto héroe existe un montón de gente que ha tenido que comprometerse, vincularse, implicarse y llenarse los pies de barro. Los “héroes” no existen ni existirán sin la gente que día a día trabaja en comunión por un propósito superior.

Yo creo en la posibilidad de mejora de nuestra nación. Espero (aunque no lo vea) un país donde el tricolor represente otras cosas diferentes, donde el amarillo signifique la riqueza de nuestras almas, una riqueza lograda con tiempo, trabajo, orden y esfuerzo. Un amarillo que signifique el oro, producto de la alquimia del tiempo y del crecimiento como pueblo. Donde el azul sea de un cielo que nos arrope a todos aquellos que deseamos convivir en paz, con tolerancia, con respeto verdadero, auténtico y comprometido hacia la diversidad. Un azul para los que viven aquí y un azul para los que han escogido otros suelos y porque este suelo y este cielo, también es para ellos.  Y el rojo que sea por la sangre que vibra y es bombeada por nuestros corazones llenos de ilusión, amor, paz, respeto, salud y esperanza de que podemos ser la mejor versión de nosotros mismos.

Y aún sigo sin conocer recetas mágicas para hacer un país mejor.

Autor: Daniel Rojas Salzano

Todo es elección

Descubro en mí una dulce verdad, es posible que esta verdad, de acuerdo con el paladar que la saboree, que la perciba en un primer momento, sea tan dulce como amarga. Las circunstancias de cada quien posiblemente harán de esta verdad algo dulce o amargo, incluso ácido. Puedo cerrar mis ojos ante ella, pero el mismo hecho de cerrar mis ojos ante esta verdad la coloca frente a mí como un reflector cuya luz ilumina todo a mi alrededor y que aún con mis ojos cerrados, su intensa luz penetra a través de mis párpados haciéndome saber que la oscuridad se desvanece en su presencia. Mis sentidos se embotan, mi piel se quema y puedo oler su presencia.

Esta verdad es muy simple, es sencilla y en su llaneza radica la profundidad de sus raíces. Esta es la verdad que se planta frente a mí: “Todo es elección”. Y con la elección deviene la responsabilidad de las propias elecciones. Ante esta responsabilidad nos encontramos frente a la libertad. No importan las circunstancias, todo es elección. En situaciones que parecen o son impuestas afuera, siempre existe un espacio para nosotros elegir. Ante nuestra elección la responsabilidad y ante esta responsabilidad, la libertad.

Todo es elección. La idea de elegir puede llegar a ser perturbadora. Cuando pensamos que muchas elecciones de nuestras vidas las hemos realizado sin total conciencia, lo es aún más. ¿Es posible elegir siempre en total conciencia de nuestras elecciones? El hecho de tener que elegir nos posiciona ante la vida en total desnudez, tal cual como somos, con nuestras fortalezas y nuestras debilidades. Con nuestras luces y nuestras sombras.

Tomar decisiones para luego hacer una elección demanda responsabilidad de parte de nosotros. Elegir implica tener conciencia de nuestra propia existencia hacia nosotros mismos, frente a las personas cercanas y ante el mundo. Todo es elección. En todos los ámbitos de nuestra vida, debemos elegir. Los caminos que hemos decidido transitar han sido consecuencia de nuestras propias elecciones.

Cuántas veces hemos cedido nuestra libertad de elección para que otros elijan por nosotros, para no tener que asumir nuestra propia responsabilidad ante nosotros mismos y poder tener nuestro propio chivo expiatorio, nuestra coartada de vida para simplemente poder decir que nuestras elecciones las han tomado otros y que somos una hoja al viento arrojada ante la vida e indefensos ante las circunstancias. Paralizados ante la vida. Colocando a otros la potestad para tomar decisiones por miedo a la libertad. Empero, este no elegir, es en sí mismo, una elección.

En la vida nos encontramos continuamente con situaciones que parecen sobrepasarnos. Y hasta este momento usted puede decirme que en ocasiones no han habido más opciones. Que no tuvo opción y que se vio obligado a decidir determinada cosa. Es posible. La vida nos pone en aprietos o nos ponemos en aprietos ante la vida. Las consecuencias de nuestras decisiones, las cuales no siempre podemos prever, nos llevan a tomar otras decisiones, seleccionar, porque todos es elección. Ante la vida, debemos elegir y la vida está en toda actividad humana.

Nuestra condición humana nos coloca ante la vida y sus circunstancias de forma tal que debemos ir eligiendo. Nuestras posibilidades de elección son más limitadas cuando estamos emergiendo a la vida, cuando somos niños y otros deben tomar determinadas situaciones ante la vida. En este sentido nos ubicamos en un camino de doble vía. Cuando somos niños y no podemos tomar decisiones totalmente. Cuando tenemos que tomar decisiones por nuestros niños y esto requiere una responsabilidad más alta, porque otros indefensos dependen de nosotros.

Cuando somos niños, no podemos tomar decisiones enteramente por nosotros mismos, no podemos decidir el lugar en el cuál nacer y no podemos elegir cómo nacer. Ricos o pobres, sanos o enfermos. De unos padres medianamente responsables o irresponsables. Son elecciones que no podemos hacer. Pero en la medida en que vamos creciendo, vamos decidiendo y nuestra responsabilidad aumenta frente a nosotros y ante la vida. Algunas personas deciden no crecer y no madurar porque esa doble posición de conciencia/inconciencia ante la elección, la responsabilidad y la libertad, les paraliza. Y se pasan la vida como unos pequeños muertos.

Por otra parte, cuando tenemos que tomar decisiones por nuestros niños la vida se vuelve aún más compleja, porque nuestras elecciones pueden de alguna manera perfilar lo que será la existencia de otras personas que simplemente no pidieron estar frente a unas circunstancias que les son ajenas. Incluso existen adultos que deciden destruirse sin importar que existan niños de por medio y así interponen demandas, divorcios, odios, manipulaciones, frustraciones, vidas marcadas por el sufrimiento, porque tienen miedo a hacerse responsables de sí mismos, se mienten y temen asumir su propia libertad. Se paralizan. Aplican el refrán limitante de “más vale malo conocido que bueno por conocer” y quizá ese bueno por conocer soy simplemente yo solo ante la vida asumiendo mi propia existencia y responsabilizándome de mí mismo.

Todo es elección. La vida y nuestra existencia ante la vida requiere tomar decisiones, hacer elecciones, asumir nuestra responsabilidad ante la vida y administrar responsablemente nuestra propia libertad. La mejor forma de ocuparnos de la vida y de los que nos rodean, es iniciar por ocuparnos de nosotros mismos, de nuestros propios conflictos, de nuestras propias dudas, de nuestras propias certezas y nuestras propias restricciones. La libertad sin responsabilidad resulta en una paradoja y acaso, en una utopía. Decidir es una elección propia. Asumamos nuestra capacidad de decidir y los errores y aciertos que en consecuencia ocurran. Elegir con conciencia y responsabilidad es vivir con coherencia.

Autor: Daniel Rojas Salzano.

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