El silencio serena la mente

El silencio es vital. El silencio es necesario para el corazón y para la mente. En mi caso, sin el silencio no puedo existir. No se trata de vivir como en una especie de retiro espiritual. Pero resulta necesario en momentos del día tener espacios de silencio para centrarme en mi mismo, para volver hacia mí y contactar con el aquí y el ahora.

Una vida llena de ruido es una vida que no se vive enteramente. El ruido conduce a la mente a la distracción continua, descentrada de su propia esencia, de las necesidades propias, de los sentimientos, de las emociones. Un cuerpo sin silencio termina siendo un cuerpo que se acostumbra a no sentir nada, porque paradójicamente, en el silencio es cuando percibimos, escuchamos, pensamos y sentimos mejor.

El silencio nunca agobia. No es cierto que el silencio nos aturde. Lo que nos aturde es nuestra propia mente atribulada, mezclada como un gigante remolino. En el silencio nos podemos hacer conscientes de nuestras propias tormentas internas y cuando somos conscientes de esa vida revuelta que tenemos, entonces nos alejamos del silencio, nos llenamos de ruido afuera para no tener que escucharnos a nosotros mismos. Es necesario tener cuidado de escucharnos a nosotros mismos porque en esos momentos podemos escuchar cosas de nuestra propia alma que pueden ser muy dolorosas.

Cuando vivimos como en una tormenta, cuando vivimos llenos de odio, temores, llenos de rencor, lo último que necesitamos es el silencio, porque en él, resuena nuestro propio estruendo. Puede ser tan doloroso encontrarnos con nosotros mismos y nuestros propios dolores, que evitamos a toda costa el silencio. Sin embargo, creo que el silencio es necesario. Contactar con nosotros mismos es vital y es importante. El ser que no vuelve sobre sí mismo la mirada, no es capaz de conocer el mundo que le rodea. Solo se puede observar y contactar con el mundo externo cuando observamos y contactamos con el mundo interno. El resto, es pura distracción y evitación.

El silencio serena la mente. El silencio serena el corazón. Aunque en un primer momento pareciera que el silencio pueda abrumar, lo que realmente abruma es el propio dolor. Siendo una sociedad enteramente hedonista, es vital evitar el dolor. Pero en el dolor también crecemos. En el dolor también nos hacemos humanos. No es posible tener una vida llena y plena si en algún momento no hemos experienciado el dolor. El dolor nos puede ayudar a acercarnos a los otros y es en ese dolor que podemos comprender la necesidad imperiosa de disfrutar de la felicidad.

En el silencio, nos encontramos con nosotros mismos. Los lugares más sublimes de nuestro planeta son abundantes en silencio. Están llenos de una deliciosa paradoja. Se escuchan los sonidos particulares del lugar, pero al mismo tiempo hay una calma y un silencio que se reconocen como propios. En el silencio es posible escuchar el propio corazón. El latir del músculo incansable que nos indica que la vida está presente. Contactamos con nuestra propia condición humana, frágil y maravillosa. El milagro de la vida. El milagro de la expresión humana que evoluciona de dos pequeñas, ínfimas partículas, evolucionando hasta ser un individuo. En el silencio, la vida se expresa pletórica y rebosante.

Autor: Daniel Rojas Salzano

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Dos vidas

Singular e individualmente, la vida humana es un espasmo. Un momento efímero en la inmensidad del todo en el cual estamos inmersos. Aun así, cuando la vida, la singular e individual, no transita por la senda que habíamos imaginado y se detiene, en nuestra pequeña y reducida percepción, pareciera detenerse conjuntamente el universo entero. Intentamos detener quizá al mundo. Quisiéramos que la vida, la general, la grande y eterna, se detuviera mientras que nuestras vidas ínfimas y efímeras lograran encontrar un recodo por donde acertar la salida a esa tragedia inefable que nos hace sentir tan grandes como el universo, como para que éste se detenga un pequeño momento. Ningún momento humano es tan grande como para detener al universo entero. No es posible cuando nuestra propia mente no es capaz de entender por sí misma su propia existencia y modo de existir.

El Dios de los muchos rostros tendrá la habilidad de posar  sus fauces sobre nosotros. Apretar los afilados dientes. Quizá se toquen entre sí un par de colmillos. Algunas veces se excede en su fuerza y algo de sangre brota de nosotros. El Dios de los muchos rostros continuará, con sus cientos de ojos observando el mundo entero, apretando los dientes, sobre algunos lo hará con más fuerza, impíos como nosotros, dejando simultáneamente que la fortuna rocíe, porque también a algunos debe sonreír para no parecer un Dios tan fiero, tan furioso. Mientras más fuerte sintamos la mordida, así más fuerte nos elevará. Abraza pero no ahorca. Nos aprisiona dentro de su puño. Con tanta fuerza como nosotros podamos generar para soltarnos de sus duras manos. Después de soltarnos, la bocanada de aire que prosigue luego del ahogo será tan fuerte que nunca más olvidaremos que la vida es indispensable y que aún ahogados, nos circunda.

Nuestros problemas no son tan inmensos, ni tienen la fuerza arrolladora de hacer detener a un universo cuyo nacimiento no ha podido ser exactamente determinado ni por el pensamiento más encumbrado, ni siquiera por la tecnología más desarrollada. Apenas atisbos. La vida, la grande, no se detiene cuando la nuestra, enfocada en determinadas cuitas, encerrada en el ciclo de la más desenfrenada vorágine, parece detenerse, cristalizarse, quedarse paralizada sin posibilidad alguna de seguir hacia adelante repitiéndose como en una infinita trayectoria circular, la misma imagen consecuentemente tras de sí, como el perro que se persigue así mismo para morderse la cola y nunca llega a alcanzarse a sí mismo, en el eterno reproche del ¿por qué yo? a la vida, cuando la vida la grande y majestuosa, cabalga impetuosa hacia el futuro ante el cual sufrimos una suerte de ceguera de los cinco sentidos.

Singular e individualmente la vida sigue siendo un espasmo. Tan fugaz y breve en el universo como la llama de una cerilla ante nuestras pupilas rodeadas de la más absoluta oscuridad. El nacimiento y la extinción del fuego puede dejar una quemadura en nuestras manos. Nuestra breve existencia podría quemar la punta de los dedos del universo el cual, después de tantas cerillas que han prendido y apagado, tiene sus manos curadas. El fuego de la cerilla también puede iluminar en la noche oscura. La llama de una cerilla puede ser tan elocuente como el canto de las cigarras o bien, iluminar las pupilas de Dios en la oscuridad de la gran noche universal. Imagínense poder iluminar las oscuras pupilas de los ojos de Dios, tan solo en su existencia de dios único.

El viento de la existencia circula indefectiblemente aunque las velas de los navíos de nuestra existencia en algún momento decidan recogerse. El viento en algún momento, no estará a favor. Para algunos, la vida propia y la gran vida serán un reflejo fiel y transparente de un valle de lágrimas, seco y yermo. Para otros, un paraíso perdido; un medio piso entre la oscuridad y la luz; una realidad totalmente material, dura, agreste. En otros casos, la vida propia será el reflejo de lo que en sus propias almas habita. Para un puñado más, el paraíso tan ansiado y prometido. El infierno, el purgatorio y el cielo, habitan desde ya en el corazón de cada humano y según eso, brindamos amor, perdón y dolor. Todo en un mismo ser.

La vida continuará, la vida grande. Aquellas vidas en consonancia con la gran vida prevalecerán. La pequeña, pasará por interminables tormentas y será arrasada. El dolor y el amor serán sus monedas de canje frente al intercambio vital. El dolor y el amor, eterno binomio en la existencia humana, le harán sentirse presente y serán las cartas de juego que le mantendrán en muchos casos detenida en su creencia de todo lo detenido o bien, en su creencia de todo lo que habrá de ser (y será) en confluencia con algo más allá, más trascendental.

Habrá en cualquier individualidad un principio y un fin claramente demarcados, aún cuando tal cumbre sea desconocida. La vida será devastada frente a los muchos ojos incólumes de Dios. Pero allí estarán esos ojos. Observando en la oscuridad. Esperando las cerillas que iluminen sus pupilas.

Autor: Daniel Rojas Salzano Sigue leyendo “Dos vidas”

Perdonar es divino

Perdonar es necesario, el rencor puede llegar a convertirse en un veneno regándose por toda el alma y el cuerpo y luego convertido en enfermedad espiritual, psicológica y somática. Cuando no perdonamos estamos condenados a vivir una existencia llena de limitaciones, llena de dolor. Cuando perdonamos, nos otorgamos la posibilidad de una existencia libre, con capacidad para evolucionar hacia el amor y el contacto interior pleno.

El perdón es individual y es un proceso necesario para las personas (incluso para las sociedades). Una persona sin paz en su alma se llena de tormento y dolor, una sociedad sin paz en el alma de cada uno de sus miembros termina siendo caldo de cultivo para futuros odios, futuras venganzas, cuentas por cobrar. Los peores tiranos surgen del resentimiento y el rencor es un tirano que puede habitar en nosotros y mantenernos esclavizados hasta la muerte. El perdón es la certeza de una vida más brillante y el reconocimiento en nuestro propio corazón de que se ha vivido, de que nos hemos sentido heridos pero con una gran capacidad para remontar las oscuras nubes sobre nuestras cabezas y ver de nuevo el brillo eterno y siempre presente del amor, esencia fundamental de toda creación constructiva.

Hablar de perdón no es fácil. El perdón, no es una declaración de principios simplemente, de hecho, si lo fuera (una declaración de principios) el rencor sería algo más bien raro entre las personas y las relaciones interpersonales serían mucho más fluidas y duraderas. Perdonar es imperioso. Para perdonar es necesario que observemos la herida que se abre y sangra mientras vivimos. Para perdonar es indispensable renunciar a la idea (muchas veces imprecisa) de que de alguna manera  la persona herida requiere de cierta forma ser resarcida o retribuida positivamente como consecuencia del dolor que ha sufrido.

Hacer sanar una herida física suele ser bastante sencillo, de hecho, la medicina moderna ha alcanzado avances importantes en este sentido, sin embargo, las heridas que tienen que ver con nuestro espíritu, con nuestra alma, con nuestra mente (como nosotros queramos llamarle) son heridas que permanecen en el tiempo y que pese a lo que se cree popularmente, el tiempo no siempre lo cura todo y lo que hace es prolongar la permanencia de la herida que va supurando continuamente y con la cual los individuos nos acostumbramos a sobrevivir, aún cuando la vida de nosotros como individuos no sea totalmente plena ni satisfactoria. En algunos casos la herida puede ser tan profunda y el miedo y dolor a intervenir sobre esa herida tan paralizante, que toda nuestra existencia como persona sufriente se centra alrededor del dolor que sentimos y se eclipsa el resto de la realidad individual. Dejamos de vivir, Dejamos de sentir, de disfrutar; incluso el placer pareciera que termina siendo algo irresponsable porque ¿Cómo se puede ser feliz y sentir gozo cuando nos han herido tan profundamente?

Perdonar es necesario. De nuevo, perdonar no es simplemente una declaración de principios que hacemos, una resolución de fin de año, ni el perdón llega a nosotros como por arte de magia. Empero, el perdón inicia cuando somos conscientes de nuestra necesidad de deslastrarnos del rencor y de alguna manera inicia con una declaración, pero eso es apenas el principio, no la solución. Al final, el perdón no es para quien en algún momento ha herido, para quien ha hecho algún daño, el perdón aún cuando digamos que perdonamos a tal o cual persona, es para nosotros como individuos que decidimos no seguir atados a esa situación que nos produce un desgaste y una fuga energética inútil.

Podemos crecer en muchos aspectos de nuestras vidas, pero mientras no perdonemos, tendremos algo en nosotros que nunca crecerá y por otra parte, tendremos algo que se irá esparciendo en nosotros hasta enfermarnos de alguna manera. El problema del perdón es que termina siendo, tanto como la herida, doloroso. Nunca una cura física es inocua. En consecuencia, una cura espiritual, tampoco lo es. Perdonar requiere confrontarnos con nosotros mismos, en algunas ocasiones confrontarnos con quien nos hiere. Sin embargo, el tiempo pasa y en algún momento, esa persona que nos ha herido ya no se encuentra físicamente de modo que no es posible confrontarla y en consecuencia queda es vernos a nosotros mismos y renunciar. Renunciar al dolor. Renunciar a la necesidad de ser resarcidos. La necesidad en algunos casos, de cobrarnos esa herida.

Al final, el perdón es la mejor solución a cualquier herida y solo lo podemos lograr por nosotros mismos. El perdón, es el viaje de regreso del dolor, el retorno de la caverna oscura del miedo y la limitación y la vuelta segura al amor propio, a la claridad y la lucidez de una existencia necesariamente consciente y responsable ante nosotros mismos. El perdón lo elegimos y lo trabajamos. Y con el perdón, dejamos que el amor crezca y florezca en nuestras vidas como antídoto a cualquier enfermedad.

Autor: Daniel Rojas Salzano

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