Fe y Esperanza

No me robarán la esperanza. Punto. Lo digo así y lo afirmo así. No me robarán ni la fe ni la esperanza. Pueden quitarme cualquier otra cosa pero no permitiré que me roben ni la fe ni la esperanza.

No me robarán ni la fe ni la esperanza.

Soy el piloto de mi vida, soy el dueño de mi destino. Perder la fe y la esperanza implica colocar mi vida en las manos de otra persona. De otros seres distintos a mí. Es otorgar el poder a otros de terminar de hacer con mi vida lo que quieran, como quieran y las veces que quieran. Y eso, para mí, no es negociable.

No me robarán ni la fe ni la esperanza.

Aunque necesite hacer un gran esfuerzo, aunque necesite  buscar debajo de las piedras la fe y la esperanza lo voy a hacer. Me niego, rotundamente, a perder la fe. Soy el dueño de mi destino. Cuando sienta que mis fuerzas desvanecen, cuando sienta que mi corazón se esté apagando por tanto odio y resentimiento, por la desesperanza o por el desamor, haré otro esfuerzo, tomaré aire y recuperaré mi fuerza, retomaré mi fe y mi esperanza. Aunque me caiga y muerda el polvo, me levantaré, obstinadamente, no les daré el placer de verme vencido.

No me robarán ni la fe ni la esperanza.

Mi vida es mía. Tu vida es tuya. La responsabilidad de mi propia existencia es solo mía y permitir que me roben la fe y la esperanza es una responsabilidad que no me encuentro en este momento dispuesto a asumir. Mi vida me pertenece. Dejarme conducir por el capricho de unos pocos, irresponsables, insensatos, ladrones de sueños y esperanzas no es el ideal que tengo de una vida hermosa, digna de ser vivida.

No me robarán ni la fe ni la esperanza.

Yo soy la vida, Yo soy la fe y Yo soy la esperanza. Yo soy el dueño de mi vida. Yo soy el piloto de mi destino. Yo soy la vida. Yo soy imagen y semejanza de Dios. Yo soy la defensa de la vida y la esperanza.  Yo soy.

No me robarán ni la fe ni la esperanza.

Es más fácil decaer. Es más sencillo dar la espalda, vivir con mis ojos cerrados, entregarme y que la vida sea lo que otros decidan que sea, pasar el resto de mis días siendo un pasivo espectador de lo que sucede frente a mí. Morir antes de mi muerte. Morir con un corazón apagado, un alma entumecida, con un cuerpo que anda por inercia. Morir en el olvido. Morir lleno de miedo. Es mejor vivir un día de león, que cien años como una oveja.

No me robarán ni la fe ni la esperanza.

No importa en cual lugar del mundo me encuentre. No importa las circunstancias. Estoy dispuesto a dar mi vida por mantener fuerte y vigorosa mi fe y mi esperanza. Defenderé con rabia mi esperanza. Defenderé con fuerza, con el amor más enconado mi fe y mi esperanza. Están en mis manos. Están en mi corazón. Vibran con cada latido de mi corazón. Mi fe y mi esperanza me pertenecen y no son negociables.

No me robarán ni la fe ni la esperanza.

En mi corazón y mi alma existen motivos para mantener encendida la lámpara de la fe. En mi corazón y mi alma brota incansablemente la fe y la esperanza. Fuerzas indetenibles para realizar cualquier cambio. Cuando la violencia se apropie de mi corazón, cuando el odio termine de corroer mi espíritu, entonces habré perdido la fe y la esperanza. Y ellos habrán ganado. No hay nada más fuerte que la fuerza del amor.

No me robarán ni la fe ni la esperanza.

La fuerza del amor es lo más fuerte que hay. Que el amor encienda la llama de la pasión. Que la pasión mueva los corazones para empujar hacia los cambios que la vida requiere. Yo lucharé por la fe y la esperanza. Comprometido conmigo mismo, lucharé. A pesar de todo, sigo siendo un soñador y un amante de la libertad. Si pierdo mis sueños, llenos de fe y esperanza me pierdo a mí mismo. Me sentiría extraviado. Sin rumbo. Sin sentido. Me niego a perder la fe y la esperanza porque implicaría entregar a otros mi vida.

No me robarán ni la fe ni la esperanza.

Yo soy la vida, Yo soy la fe y Yo soy la esperanza. Yo soy el dueño de mi vida. Yo soy el piloto de mi destino. Yo soy la vida. Yo soy imagen y semejanza de Dios. Yo soy la defensa de la vida y la esperanza. Yo soy.

Fuerza y Fe.

Autor: Daniel Rojas Salzano

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La esquiva felicidad o sobre por qué la felicidad es tan sencilla que nos complicamos.

Para ser feliz se requiere compromiso con uno mismo. Para ser feliz se solicita ser fuerte. Es deseable tener flexibilidad y confianza en la vida. Es imprescindible el agradecimiento. Ser feliz demanda un compromiso con la vida y su manera de manifestarse. Los felices son más fuertes que aquellos que se empeñan en odiar. Ser feliz implica hacer un esfuerzo por reconocer aquello que es bueno frente a tanta maldad que hay en el mundo sin ignorarla, colocándole límites, sin permitir que pueda traspasar nuestras fronteras personales (en lo posible). Quien es feliz encuentra razones para amar y agradecer la vida sin dar la espalda al sufrimiento de sus congéneres.

Ser feliz requiere un gran compromiso, responsabilidad y conciencia de la propia existencia. En la medida en la cual vas soltando aquello que te conecta al odio, te haces libre y te haces feliz. Ser feliz requiere responsabilizarse de uno mismo, porque mientras te haces consciente y te apropias de tu vida, es más difícil sentir infelicidad. Mientras te aferras, más te enganchas a la infelicidad. Parafraseando: “Felices los pobres de corazón, porque de ellos será el reino de los cielos”. Sin querer entrar en religión, me gusta esta frase porque implica tener un corazón descargado, un corazón limpio, conectado con el cuerpo, con la razón. El reino de los cielos simboliza la felicidad. Un estado de mayor satisfacción. La felicidad.

Cuando te tropiezas con la felicidad es posible sentir un poco de vértigo. No se trata de dejar de sentir rabia, miedo, tristeza o dolor. De hecho, dejar de sentir cualquiera de estas emociones es como morirse, porque vienen con nosotros por defecto. En la medida en que te permites sentir tus propias emociones, eres más feliz porque a cada momento puedes escoger actualizarte y puedes decidir sentir. Decidir sentir implica responsabilidad, no hay manera de poner en otra persona la causa de lo que sientes y por ende, eres más dueño de ti mismo. La felicidad es un estado sutil. Es una manera de vivir.

Felicidad. Palabra esquiva. Vivir con felicidad quizá  sea lo menos parecido a vivir en un estado continuo y perenne de éxtasis. Lo que pienso en este momento, es que tal cosa no sea más que una ficción. Para ser feliz es necesario, definitivamente, poder ser capaz de sentir la necesidad de contactar con todas las emociones que tenemos por defecto, esas que nos acompañan desde tiempos inmemoriables, desde que el primer ser humano, transitaba por África, muchos años atrás.

La felicidad y el placer van de la mano y no existe nada más sencillo que la felicidad derivada de los placeres que son directamente relacionados con el cuerpo. Función sexual, comida, defecación, sueño, respiración. Poder respirar. La vida misma, en su estado más puro, es felicidad. ¿Eres consciente de tu respiración en este momento?

Puedo sentir felicidad cuando estoy haciendo esto de escribir, algunas veces se me da bien. Otras veces se me da mal. En rarísimas ocasiones excelente. Escribiendo manifiesto mi propia felicidad. Le comentaba a un familiar que muchas veces cuando escribo no escribo para dar lecciones a quien lee, sino para decirme cosas que necesito a mí mismo. Quizá en este momento necesito mirar más hacia mi propia felicidad. Quizá esta sea la peor disertación que alguna vez leerás sobre la felicidad, sin embargo, no pretende ser un tratado sobre la felicidad o sus mecanismos, sobre cómo alcanzarla. Son algunas notas azarosas sobre lo que puede implicar ser feliz.

Por otra parte, algunas veces ni siquiera nos sentimos merecedores de la felicidad, creemos que el asunto es mucho más complicado de lo que en realidad es. Me atrevo a decir, aunque no sea yo mismo el mejor ejemplo, que la felicidad debe ser tan sencilla que nos complicamos para evitar sentirla. La felicidad debe ser tan sencilla como estar atento a la vida.

¿Soy feliz? Estoy en eso. En momentos me siento feliz y esperanzado. Otras veces desesperanzado. En  momentos me doy permiso para sentir rabia y a veces hasta grito. En momentos siento tristeza y hasta me conmuevo. Algunas cosas me hacen sentir miedo. Trato de no quedarme enganchado en nada de eso. Las siento, las dejo pasar. Las observo, las dejo pasar.

La única receta que te puedo dar para encaminarte hacia la felicidad es que aceptes tu cuerpo, tal como es y como funciona. Disfruta de tus funciones corporales. Acepta tus emociones. Aceptar tus emociones (rabia, miedo, tristeza, dolor, alegría) es un medio eficaz de sentir salud y alegría. No es posible sentir felicidad si te comes tu rabia. Tu cuerpo se indigestará. Resulta complicado sentir felicidad si no aceptas la tristeza que estás sintiendo por un duelo, una despedida, una pérdida. Tu cuerpo buscará llorar esa tristeza. El miedo, déjalo estar. Para algo existe el miedo. Algo necesitas de cada emoción.

El individuo que pone el pecho a sus emociones descarga de encima el peso de un mundo entero porque cuando mira de frente sus emociones, se siente vivo, respira. Puede sentir felicidad. La felicidad es tan sencilla como agradecer, respirar y estar presente. La felicidad puede ser tan sencilla como pelar una mandarina.

Autor: Daniel Rojas Salzano.

 

El espejismo de la certidumbre

Más allá hay agua. El camino es arduo y yermo. El sol y el calor son muy fuertes. Más allá hay agua. El agua resultó ser un espejismo.

La imagen del espejismo de la certidumbre saltó a mí en una noche de un lunes camino a mi casa después de una hermosa clase de procesos gestálticos cuando pasaba por la oscura avenida que bordea un cementerio. En ese momento reconocí mi absoluto miedo frente a la ilusión de la certidumbre o la categórica seguridad de la transmutación.

Las conversaciones con un amigo me habían hecho cambiar por completo de parecer frente a cierto tema de mi vida y verme desnudo ante mi propia realidad me hacía sentir lleno de miedo. Por primera vez en mi vida sentí que el miedo me revitalizaba y no me paralizaba. Sentí que el miedo me impulsaba. En mis entrañas algo me decía que ese miedo era la respuesta que buscaba y que aquella pieza que sumaba a mi vida me daba testimonio de la falacia de la certidumbre.

Como paradoja absoluta reconozco que hacemos cosas para evitar situaciones y al final nos dirigimos a esas situaciones que evitamos. Evitamos situaciones que inevitablemente nos llevarán por caminos que nos conduzcan a vivir aquello que evitamos y que por alejarnos de la inseguridad nos aproximamos al hastío de lo permanente y que en lo permanente, en lugar de encontrar la vida, la perdemos.

Andar sobre seguro es una de las falacias más grandes que tenemos los seres humanos. Es cierto que podemos intentar predecir las cosas que nos pasen en la vida pero no podemos saber exactamente qué pasará en nuestra vida. La certidumbre es un espejismo terrible y peligroso para la propia existencia. La certidumbre es una ilusión segura sobre una situación totalmente fantasiosa. Me atrevería a decir que la certidumbre podría ser clasificada como una suerte de psicosis o pérdida de contacto con la realidad. No se me ocurre, en este momento, nada más ilusorio que la certidumbre.

Sí que podemos tener creencias sobre cómo serán las cosas, hacer previsiones y hasta predicciones, sin embargo, a todos nos han sucedido cosas pequeñas y cosas grandes que nos retan, experiencias que nos confrontan ante la falacia de la certidumbre. Situaciones que ponen a prueba nuestras creencias sobre lo que puede ser seguro en nuestra vida. Tanto para mal como para bien. La certidumbre de que nos vaya mal o de que nos vaya bien siempre puede ser una situación que nos desajusta de lo que previamente hemos construido en nuestras cabezas.

En lugar de dejar que las cosas vayan sucediendo, intentamos que las cosas ocurran de una manera. Nuestras acciones indefectiblemente nos conducen hacia diversos caminos. Es por ello por lo que estudiamos, nos enamoramos, construimos, etc., sin embargo, todo esto nos enfoca en el espejismo de la certidumbre, no existe nada definitivo. El devenir es completamente impredecible e incierto porque no está escrito en ninguna parte y así como la historia está escrita por quienes ganaron o vencieron, el futuro está “escrito” por mercaderes de la ilusión.

Lo que encuentro más complicado es responsabilizarnos de nuestras propias vidas aún a sabiendas de la impermanencia, de la sutileza de la existencia, responsabilizarnos de nuestra propia existencia y de nuestra propia libertad frente a la efímera y breve vida que creemos poseer. Debate aún en cuestión si la vida la poseemos o nos es dada. En cualquier caso, la responsabilidad frente a ella no es menor puesto que si nos es dada, debemos cuidarla porque no es nuestra y si la poseemos, debemos también protegerla porque es el regalo más grande que podemos tener para nosotros.

Paradoja para finalizar: “Por intentar aferrarnos demasiado a la vida quedándonos en  lo seguro nos dirigimos hacia el hastío que nos lleva directo a dejar de sentir la vida mientras que habitando en la transitoriedad nos dirigimos hacia lo desconocido que nos lleva directamente a sumergirnos en el corazón mismo de la vida”. La vida es para sentirla.

Autor: Daniel Rojas Salzano

 

 

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