Carta para un país atribulado

Querido país,

quisiera iniciar esta carta diciéndote algo así como “espero te encuentres bien”, “te he echado mucho de menos”, pero en cualquier caso, ninguna de las dos frases sería del todo correcta, en primer lugar porque sé que no estás bien. En segundo lugar, estoy muy cerca de ti. Querido país, te escribo para que sepas algunas ideas que tengo en el fondo de mi alma y desde el silencio que me circunda, emergen hasta mi conciencia. Te escribo desde este amor inmarcesible que siento hacia ti.

Muchas veces escucho decir injustamente de ti: “es que este país es…”, y completamos la frase utilizando cualquier epíteto negativo y soez que se nos venga a la cabeza dura que tenemos, haciendo de ti el chivo expiatorio de nuestras propias culpas y responsabilidades. Te pido disculpas en nombre de todos, somos muchos que en realidad no queremos que te sientas mal, porque el país problema que tenemos lo hemos consolidado, de alguna manera, nosotros mismos.

Sé que en tu infinito amor por nosotros me dirás que tú también tienes tus responsabilidades, pero bueno, no creo que sea justo señalarte como el culpable de todo lo que sucede. Algunas veces cuando decimos “es que este país es…” más el descalificativo consecuente, no sé muy bien si nos referimos al país que hacemos quienes lo habitamos o el país como la geografía que nos contiene a todos. En el primer caso sí que hay mucho para criticar, en el segundo caso, eres un país maravilloso, lleno de belleza en muchos sitios (y te digo en voz muy bajita, belleza en sitios que no están habitados por gente, porque la gente suele ensuciar mucho todo), con un nivel de perfección casi incuestionable.

El país que hacemos la gente tiene mucho para ser cuestionado. Tampoco es muy responsable decir “el país”, el que hacemos las personas, como un ente aparte y alejado que vive fuera de nosotros, porque en ese caso, estaríamos hablando de un país que no todos habitamos y eso sería injusto. El país es, vivan tus hijos dentro o fuera, lo que se lleva en el corazón y en ese caso, cuando hablamos mal de ti, hablamos mal de todos.

Querido país, necesito decirte que si te perdemos a ti, estaremos perdiendo todo. Me explico. Cuando digo que te perdemos y perdemos todo es porque si te extravías, estaríamos perdiendo algo muy importante de la identidad que muchos llevamos adentro. En cualquier caso, nuestras referencias culturales primordiales, nuestras palabras, nuestros afectos, amores, familia, constructos y conceptos, nuestros significados, irían a parar a algún lugar que desconocemos. Tendríamos que reconstruirnos de cero y reconocernos de alguna manera, porque parte importante de nuestra identidad quedaría extraviada y dislocada.

País querido, en ocasiones resultas un país atribulado, mal trecho y malherido, haciendo que un pedazo de nuestra alma se encuentre atribulada, maltrecha y malherida. Cuando te descalificamos como país de origen o como lugar donde vivimos, al final, descalificamos el país que forma parte de nuestra identidad, descalificamos una parte de nosotros mismos, porque no hay manera de hablar de país como algo aparte de nosotros si somos parte de esta identidad. No hay forma de hablar de nuestro propio país de una manera negativa, sin que eso por añadidura no nos involucre a nosotros, porque nadie existe sin su país y el país no existe sin los habitantes que lo conforman o sin aquellos que son parte de ese país, aunque físicamente ya no vivan en él.

Querido país, nosotros sin ti no somos gentilicio y sin nosotros tú no existes. Visto en perspectiva y desde lejos, si solo fueras un trozo de tierra sin gente serías simplemente un hermoso espacio geográfico lleno de maravillas, pero no serías país. Sin la presencia de cada uno de tus hijos cuya identidad hasta cierto punto se define por lo que hacemos y cómo lo hacemos, por quienes somos, no serías país. Sólo un hermoso territorio lleno de “desierto, selva, nieve y volcán” como dice la canción aunque técnicamente volcanes no hayan. Sin tus hijos, no habría posibilidad de decir “llevo tu luz y tu aroma en mi piel” y que “entre tus playas quedó mi niñez”, aunque vivamos todavía aquí, aunque hayamos emigrado buscando mejor fortuna.

Querido país, me despido con muchas interrogantes que no sé si puedas contestar en algún momento. Me despido con un sentimiento agrio. Me despido sintiéndome dolido y agraviado. Me despido con la pregunta de qué será de ti en el futuro, quizá porque tu destino y el mío se encuentran íntimamente unidos y luchar por tu destino quizá sea también luchar por mi propio destino. Me despido pensando que quizá en el futuro, permanecerás hasta que exista el último venezolano. Pensando que tú has cambiado tanto como nosotros hemos cambiado. Despidiéndome como el niño que deja atrás de forma nostálgica su niñez e inocencia que nunca más volverá y que se enfrenta a una turbulenta adolescencia. Querido país, espero ser un buen individuo para que tú seas un país bueno en el futuro.

Tuyo siempre,

Daniel.

Autor: Daniel Rojas Salzano

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Sueños y acciones

Los soñadores tenemos que estar juntos para no perecer, para evitar hundirnos en la pesadilla de los horrores cotidianos y esporádicos. Los soñadores deberíamos escoger estar junto con los constructores, con aquellos que son capaces de traducir los sueños de su propio lenguaje, al lenguaje del mundo real.

Es nuestra responsabilidad. Es un compromiso. Con nosotros mismos. Con nuestra sociedad. Influir e inspirar. Perseverar, insistir y nunca desistir. Preservar la paz. Conservar y honrar la vida. ¿Qué es un ser humano sin sus sueños? ¿Qué son los sueños si sólo se quedan en sueños? ¿Qué es la vida sin un sentido superior y sin trascendencia?

Quienes logran llevar sus sueños a acciones concretas, por un mundo más justo, por una sociedad más equilibrada, son personas de valor. Resultan necesarios y sus ejemplos, sus testimonios de vida confluyen de forma tal que otras personas se motivan a reproducir sus acciones.

Soñar. ¿Para qué soñamos? Soñamos para continuar con la vida. Soñamos para seguir adelante con nuestros propósitos y para poder andar. Los sueños son la materia prima de las acciones más arriesgadas y más retadoras de la humanidad. La humanidad, que ha pasado continuamente del sueño a la pesadilla y viceversa, sueña para lograr alcanzar lo inimaginable.

Las personas que sueñan y se atreven a trabajar por sus sueños, logran transformar el mundo. Las personas que sueñan y trabajan en consecuencia con sus sueños son aquellos que dejan alguna huella alrededor de sí mismos y son las personas que trascienden el paso de la muerte.

Lo que trasciende, es lo verdaderamente inmortal. El mundo, en ese deseo de la inmortalidad que busca la existencia imperecedera de la carne humana, no ha logrado más que tropiezos y desencantos. El mundo, esa parte que se ha atrevido a soñar, esa parte que se ha atrevido a realizar los sueños, por inalcanzables que estos parezcan, ha sido el mundo que se ha mantenido a través de los siglos, como entes inmortales.

Los sueños de libertad y de una vida mejor son imperecederos, no tienen fecha de caducidad. Los sueños pueden ser inmortales cuando no son vistos a través de la figura de un solo hombre sino como un proceso. Los sueños, aquellos que se mantienen por siempre, son aquellos que no se circunscriben a una individualidad, sino aquellos que ascienden al acervo de una colectividad, al conjunto de la humanidad. La obra de un individuo que se transforma en la obra de muchos individuos. Al final del día, cada individuo tiene un período de vida útil y ninguno escapa a ello.

Autor: Daniel Rojas Salzano

De bondad, humildad y retos

Creo en la bondad humana. A pesar de tanta maldad, miseria, depresión, odio, dolor, etc., creo en la bondad humana. Si dejara de creer en la bondad humana, en la amabilidad, en la sencillez y la humildad de las personas y las cosas, en ese momento podría dejar de ser, en esencia, yo mismo.

Creo en la bondad humana. Necesito creer en ella para continuar con mi existencia.  A pesar de las situaciones más abyectas de la vida, creo en la afabilidad humana. Quizá es posible para mí creer en la bondad humana porque no he estado en situaciones de infamia y dolor profundas como lo pueden ser una guerra, un campo de concentración, vivir entre bandas de maleantes. De cualquier manera, esto no me invalida para creer en lo bueno y puro de los humanos.

Así como creo en la bondad humana, me niego a creer en la superioridad de ninguna raza sobre otra, no creo en la superioridad de ningún pueblo sobre otro y no creo en la superioridad de ninguna religión sobre otra. Creo que el amor al final de cuentas, es el único camino para llegar hacia la verdad, para llegar a lo más puro de la existencia humana.

Nada ni nadie que se crea superior a ninguna otra cosa o persona, puede ser bajo ningún aspecto, superior, al final, es una gran paradoja, porque ¿cuál es la necesidad de parecer o hacer valer una superioridad determinada? o al final de cuentas es quizá simplemente la necesidad de reafirmarse sobre algo que no existe para no sentirse tan mal por la inexistencia de tal superioridad.

La única superioridad posible es con uno mismo. Solo puedo ser superior a la versión anterior de mí mismo cuando me auto-actualizo y sólo puedo ser superior cuando veo una versión anterior de mí mismo y estoy en paz con esa versión anterior, cuando humildemente acepto lo que fui y lo que soy. Solo puedo ser superior a mí mismo y a lo que anteriormente he sido.

El reto más importante de un ser humano es el reto que tiene consigo mismo. Por más que un individuo intente competir con otras personas y en cualquier caso intentar parecer estar por encima de otros, cada ser humano sabe en su interior y muy adentro de sí mismo si realmente es mejor. Solo puede saber si es mejor cuando la medida de comparación es su propia existencia. No en vano, muchos individuos pasan la vida infelizmente comparándose con otros individuos sin hallar la posibilidad de encontrar descanso porque saben dentro de sí que no son ni serán superiores nunca a nada y no tienen quizá la voluntad, de confrontarse a sí mismos y contactar con su propia vida interior.

Reza el adagio, conócete a ti mismo. Yo añadiría, “supérate a ti mismo, solo tú eres la medida de tus propios retos”. Si me digo a mi mismo que no puedo, por más que intente convencer a otros, en lo más profundo de mi fuero interno, sé que estaré timándome a mí mismo y esa falta de sinceridad que solo yo pudiera conocer, estaría atormentándome porque el corazón es siempre verdadero aunque las razón intente de engañar con razonamientos falsos.

El amor y la motivación que surgen del espíritu emprendedor son en conjunto el combustible que consigue movilizar a los individuos a retarse a sí mismo y superar las propias barreras que se hayan impuesto en un momento dado. Cuando el corazón está enfocado en aquello que se ama, nada detiene a quien tiene determinación, creo que hasta Dios lo bendice y lo apoya, le hace el tránsito más liviano, aunque el camino sea duro.

A pesar de todo el odio, rencor y muchas otras cosas malas, creo en la bondad humana. Cuando observo a muchas de las personas que me rodean colocando el corazón en aquello que aman, dejando que el amor sea el bálsamo que se aplique en cada pequeña acción de la vida, creo que la humanidad no está perdida. Cuando el amor está lleno de humildad y consideración por cada individuo sin considerarse superior, solo con la necesidad de retarse a sí mismo, entonces creo que mi percepción, de una humanidad mejor, es real y es algo esperanzador.

Autor: Daniel Rojas Salzano.

En la vida hay maestros

Siempre estamos aprendiendo. Es una de las constantes de la vida. Desde la cuna, hasta la tumba, siempre estamos aprendiendo. A mi me gusta mucho ese concepto de aprendizaje que define tal proceso como un cambio más o menos permanente en la potencialidad de la conducta como consecuencia de la práctica reforzada. Este concepto se limita a la conducta, sin embargo, creo que comporta mucho más que la conducta, implica todo aquello que sucede en nosotros, aunque no haya sido el propósito original de tal definición.

El aprendizaje es como una gran espiral. Continuamente estamos aprendiendo cosas y aquello que no hayamos aprendido en la vida, aquellos que debemos continuar procesando, se presenta consecuentemente en nuestras existencias hasta que hayamos cerrado esa espiral o logremos dirigirnos en otra dirección para continuar aprendiendo otras cosas que debemos cultivar. Aquello que vamos aprendiendo, es lo que nos define día a día como individuos.

Los padres, los que nos procrearon y/o nos criaron, son los que inicialmente la vida nos pone como maestros. En mi caso y en mi experiencia particular, creo que he tenido dos maestros excelentes. Estos maestros de vida, que nos enseñan con las herramientas que tienen, con sus creencias, sus conceptos, con sus emociones, sus miedos, sus pasadas experiencias, con sus ejemplos, con lo que hacen incluso más que con lo que expresan, nos guían inicialmente para ir definiendo el mundo que tenemos a nuestro alrededor. Si para ellos la vida es terrible, para nosotros posiblemente, en un inicio lo será. Si para ellos la vida es buena, para nosotros lo será. Creo que en muchos casos, los padres nos enseñan aun cuando no tienen la pretensión de hacerlo.

Lo que vamos aprendiendo constituye la carga emocional y racional con la cual vamos aprehendiendo el mundo a nuestro alrededor. A partir de cierta edad, comenzamos a escoger qué es para nosotros cierto, qué nos resulta, qué queremos mantener. Vamos haciéndonos dueños de nuestras propias vidas, apropiándonos de nuestra existencia y lo vamos haciendo con una importante carga de aquello que logramos aprender en los estadios iniciales de nuestra presencia en el mundo. No es posible desembarazarnos de lo que hemos logrado aprender, porque al fin de cuentas, somos lo que somos en el momento presente porque alguien (pueden ser muchas personas) nos enseñó algo, porque la vida nos puso a prueba. Con esas herramientas adquiridas, con las que intentamos configurar y dar explicación a nuestra cambiante realidad, nos comportamos y también enseñamos.

Así como nuestros padres nos han enseñado muchas cosas, también en el camino se presentan un cúmulo importante de personas que resultan importantes y nos enseñan cosas a nosotros, tomando en cuenta que nosotros, también comenzamos desde nuestra primera existencia, a enseñar cosas a las personas a nuestro alrededor, aún sin tener la más mínima pretensión de enseñar. Quienes tenemos hermanos, sabemos que los hermanos son una fuente majestuosa de aprendizaje. Nos enseñan a defendernos y a pelear. Entre otras muchas cosas.

Existen personas que nos enseñan, personas que nos enseñaron. Personas que nos educan, que nos instruyen. Y siempre los padres están presentes. Continúan guiándonos. De forma desinteresada. Personas que están presentes para indicarnos un camino, para indicarnos un obstáculo o problemas, para indicarnos salidas, soluciones. Individuos que nos ayudarán a ver, a observar, escuchar, sentir, querer o repeler. La vida es un continuo aprendizaje.

Luego nos encontramos que más allá de todo lo que nos enseñen, está lo que nosotros decidimos hacer con todo ese catálogo de enseñanzas y aprendizajes. Lo que interpretamos y cómo lo decidimos interpretar. En el caso de los padres, hijos y hermanos, aunque todos parecen recibir lo mismo (en apariencia), cada uno interpreta la realidad de una forma determinada. Para los padres, los hijos son como los dedos de las manos, todos salen del mismo lugar, pero no son iguales ni pueden hacer lo mismo. En un grupo determinado, aunque se pretenda enseñar lo mismo, cada individuo, de acuerdo a su propio bagaje y cúmulo de experiencias, interpretará y en consecuencia actuará, conforme a cómo logra metabolizar lo aprendido.

Es muy importante recordar siempre que en algún momento no supimos hacer algo. Es muy importante que sepamos reconocer que en algún momento estuvimos en blanco en función de algo. No olvidemos que en un momento no supimos hacer, decir, interpretar. Que en algún momento desconocimos algo. Resulta importante porque en la vida, parte de nuestros aprendizajes serán el resultado de tener que enseñarles a otros. Olvidar de donde venimos implica que no hemos aprendido del todo la lección y que deberemos transitar el mismo punto en la espiral de aprendizaje.

Agradezco a la vida saber que todo es aprendizaje. Que desde la cuna hasta la tumba, todo es un continuo aprendizaje. Aprender o tener el potencial para aprender es necesario para vivir. La vida, no la concibo sin aprendizaje. Algunas lecciones serán duras y dolorosas. Aprender, como dijo Antonio Machado que “todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo camino, camino sobre la mar”. Agradezco por los caminos recorridos, por los maestros amorosos que me han guiado desde mi nacimiento y por los maestros que he encontrado en el camino, que con la pretensión de enseñar o sin ella, me han mostrado algo de la vida o algo de mí mismo. Agradezco a mis padres enseñarme el amor y haberme enseñado a amar.

Autor: Daniel Rojas Salzano.

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