Preguntar

Recuerdo una anécdota de hace un tiempo. Había salido a comer con una prima. Ella era una niña aproximadamente de unos 9 años, muy curiosa, ávida de conocer, de saber, inteligente, indagadora. Conversando con ella le dije: “puedes hacerme cualquier pregunta que quieras, si puedo, te la respondo”. Ella abrió los ojos con una gran impresión, su sorpresa fue enorme, era la primera vez en su corta vida que alguien le decía eso y creo que yo mismo no había medido muy bien mi frase, sobre todo, la responsabilidad que conllevaba. Esta concesión de mi parte abrió la puerta a una cantidad de preguntas interminables sobre muchas cosas. Tal como le había dicho y tanto como mi responsabilidad me lo demandaba, lo que pude, honestamente, lo respondí.

Cito esta anécdota porque en nuestra comunicación cotidiana, intrapersonal e interpersonal, no siempre somos capaces de hacernos preguntas y aún menos de conceder estas licencias. La comunicación, más que contarnos anécdotas e incluso secretos, creo que se basa en gran medida en la capacidad de hacernos preguntas, en un nivel intrapersonal e interpersonal, independientemente de la relación que exista en el encuentro de esas dos existencias que comunican entre síDSC07583

Hacernos preguntas y tener la seguridad suficiente y necesaria para formularlas, es básico en las relaciones que se basan en  la confianza, en la posibilidad de establecer puentes, lazos de comunicación que sean, verdaderamente duraderos. Así como puede existir la posibilidad de formular preguntas, también es necesario tener la posibilidad de responder o no responder a las preguntas que nos formulen, sin que lo uno o lo otro conlleve alguna acusación por parte del emisor o del receptor.

Tengo la necesidad de rescatar  la posibilidad de hacer preguntas como vehículo indispensable para transitar la senda de la humildad, como abono para cultivar relaciones  con raíces profundas y tallos fuertes, que puedan florecer con y a pesar de los avatares de la existencia. Tengo la necesidad particular de trabajar sobre la comunicación que establezco con mis semejantes porque la palabra es una herramienta fuerte y duradera que en un nivel emocional permite vinculaciones duraderas.

Cuando hablo de relaciones que crezcan y echen raíces profundas me refiero a todo tipo de relaciones entre dos existencias, parejas, padres e hijos, madres e hijos, amigos, relaciones profesionales, la comunicación entre figuras profesionales, colegas, etc. Somos responsables de lo que decimos, de lo que significamos y somos responsables en parte también de lo que entendemos, razón por la cual es importante indagar y sentir la confianza necesaria para hacerlo, clarificar, evadirnos de la bruma que empaña a la comunicación, de establecer significados comunes y no asumir cosas sin necesidad.

Preguntar, interpelar, cuestionar, demandar, consultar, dudar, aún cuando pueden ser utilizados como sinónimos y pueden conllevar casi lo mismo, son verbos que implican diversos matices. Preguntar implica plantear un asunto. Las preguntas pueden abrir puertas y también pueden incordiar. Ser sujeto de preguntas no debería ser considerado una afrenta. Cuántas veces dejamos de preguntar por miedo a molestar, por no querer incomodar a alguna persona. A quien se le pregunta, también tiene la posibilidad y la potestad de responder o no. Creo que ambas posturas son esenciales en el desarrollo de la confianza y la comunicación. Pero preguntar no debería ser considerado un agravio, un traspase de los límites.

Noticia-147980-fondo-del-marNo sólo se trata de hacernos preguntas, se trata de hacernos nuevas preguntas, preguntas que nunca nos habíamos hecho. Si siempre hacemos las mismas preguntas, siempre obtendremos las mismas respuestas. Se trata de la confianza y la posibilidad de preguntarnos y de respondernos. En ese traspase de los límites a los cuales me refiero en el párrafo anterior, por supuesto que existen relaciones con mayores grados de confianza que otras, sin embargo, dentro de relaciones que parecen muy sólidas y profundas, relaciones de años, la posibilidad de hacer preguntas está limitada a la superficialidad.

Nuestras relaciones, incluso entre personas queridas, se encuentran llenas de presunciones, de elucubraciones, de especulaciones acerca de lo que el otro siente y piensa acerca de una determinada situación. Es posible que en muchos casos no podamos llegar a la verdad de lo que está frente a nosotros, de lo que el otro piensa y siente, porque simplemente no nos atrevemos a preguntar. Quizá  no nos atrevemos a formular la pregunta de manera adecuada bien por falta de confianza, bien porque no seríamos capaces de hacernos la misma pregunta a nosotros mismos, o bien, porque tememos la respuesta que podamos recibir.

Una relación entre dos personas, puede cambiar para bien, solo con hacer una pregunta, solo con dar una respuesta en caso de ser posible. Una relación entre dos personas puede cambiar, puede desvanecerse en el tiempo, simplemente por la inexistencia de preguntas, por la ausencia de un diálogo franco y abierto, sanador. El diálogo y la confianza base sobre la cual se sustente, será  y tendrá lugar en la medida en que sea posible el espacio para las preguntas, para las indagaciones, el espacio para los silencios, en fin, el espacio para la comunicación, la posibilidad de encuentro entre dos existencias que actúan, piensan y sienten, que viven, que sufren, disfrutan, padecen, gozan.

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De bondad, humildad y retos

Creo en la bondad humana. A pesar de tanta maldad, miseria, depresión, odio, dolor, etc., creo en la bondad humana. Si dejara de creer en la bondad humana, en la amabilidad, en la sencillez y la humildad de las personas y las cosas, en ese momento podría dejar de ser, en esencia, yo mismo.

Creo en la bondad humana. Necesito creer en ella para continuar con mi existencia.  A pesar de las situaciones más abyectas de la vida, creo en la afabilidad humana. Quizá es posible para mí creer en la bondad humana porque no he estado en situaciones de infamia y dolor profundas como lo pueden ser una guerra, un campo de concentración, vivir entre bandas de maleantes. De cualquier manera, esto no me invalida para creer en lo bueno y puro de los humanos.

Así como creo en la bondad humana, me niego a creer en la superioridad de ninguna raza sobre otra, no creo en la superioridad de ningún pueblo sobre otro y no creo en la superioridad de ninguna religión sobre otra. Creo que el amor al final de cuentas, es el único camino para llegar hacia la verdad, para llegar a lo más puro de la existencia humana.

Nada ni nadie que se crea superior a ninguna otra cosa o persona, puede ser bajo ningún aspecto, superior, al final, es una gran paradoja, porque ¿cuál es la necesidad de parecer o hacer valer una superioridad determinada? o al final de cuentas es quizá simplemente la necesidad de reafirmarse sobre algo que no existe para no sentirse tan mal por la inexistencia de tal superioridad.

La única superioridad posible es con uno mismo. Solo puedo ser superior a la versión anterior de mí mismo cuando me auto-actualizo y sólo puedo ser superior cuando veo una versión anterior de mí mismo y estoy en paz con esa versión anterior, cuando humildemente acepto lo que fui y lo que soy. Solo puedo ser superior a mí mismo y a lo que anteriormente he sido.

El reto más importante de un ser humano es el reto que tiene consigo mismo. Por más que un individuo intente competir con otras personas y en cualquier caso intentar parecer estar por encima de otros, cada ser humano sabe en su interior y muy adentro de sí mismo si realmente es mejor. Solo puede saber si es mejor cuando la medida de comparación es su propia existencia. No en vano, muchos individuos pasan la vida infelizmente comparándose con otros individuos sin hallar la posibilidad de encontrar descanso porque saben dentro de sí que no son ni serán superiores nunca a nada y no tienen quizá la voluntad, de confrontarse a sí mismos y contactar con su propia vida interior.

Reza el adagio, conócete a ti mismo. Yo añadiría, “supérate a ti mismo, solo tú eres la medida de tus propios retos”. Si me digo a mi mismo que no puedo, por más que intente convencer a otros, en lo más profundo de mi fuero interno, sé que estaré timándome a mí mismo y esa falta de sinceridad que solo yo pudiera conocer, estaría atormentándome porque el corazón es siempre verdadero aunque las razón intente de engañar con razonamientos falsos.

El amor y la motivación que surgen del espíritu emprendedor son en conjunto el combustible que consigue movilizar a los individuos a retarse a sí mismo y superar las propias barreras que se hayan impuesto en un momento dado. Cuando el corazón está enfocado en aquello que se ama, nada detiene a quien tiene determinación, creo que hasta Dios lo bendice y lo apoya, le hace el tránsito más liviano, aunque el camino sea duro.

A pesar de todo el odio, rencor y muchas otras cosas malas, creo en la bondad humana. Cuando observo a muchas de las personas que me rodean colocando el corazón en aquello que aman, dejando que el amor sea el bálsamo que se aplique en cada pequeña acción de la vida, creo que la humanidad no está perdida. Cuando el amor está lleno de humildad y consideración por cada individuo sin considerarse superior, solo con la necesidad de retarse a sí mismo, entonces creo que mi percepción, de una humanidad mejor, es real y es algo esperanzador.

Autor: Daniel Rojas Salzano.

Observar lo que hace falta observar

Enfocados en la carencia, solemos observar aquello que no tenemos, aquello que hace falta, lo que no se logra, lo que no se consigue aprobar. Nos enfocamos tanto en aquello que deviene en error, tanto en lo que no se hizo que muchas veces perdemos la oportunidad de generar nuevas ideas, generar soluciones. Nos enfocamos tanto en los detalles, que dejamos de observar el territorio entero de cosas buenas que pueden estar junto a aquello que está dentro y fuera de nosotros. Enfocamos los detalles del bosque, obviando así, al bosque entero.

Observamos con prioridad los errores de los demás. Cuando alguien comete algún error, cuando no hace lo que habríamos querido, entonces nos enfocamos de manera fija en esa situación, cuando posiblemente esa persona sea capaz de realizar mejor otras cosas más. Incluso etiquetamos a las personas de una manera tan injusta e inequívoca que todo lo observamos a través del cristal de esa lente; todo lo que pensamos, sentimos y hacemos por ese otro está matizado por esa opinión previa, sin poner nuestro juicio en suspensión.

Continuamente (e inconscientemente) pretendemos que los demás satisfagan nuestras propias necesidades, que realicen lo que nosotros queremos sin dejarles oportunidad de hacer aquello considerado correcto (por ellos). Nos empeñamos consistentemente en que los demás hagan las cosas de la forma como nosotros creemos deben ser hechas y cuando hacen las cosas de la forma que ellos creen que es correcta y sin consultarnos, elaboramos juicios negativos e incluso, nos sentimos de alguna manera desplazados. Somos muy duros ante el error ajeno y blandos ante el error propio. El yerro ajeno salta ante nosotros como una liebre despavorida mientras que nuestras erratas son topos que se esconden en la tierra y nuestra cabeza simula un avestruz.

En esos equívocos, en esas acciones en las que estamos en desacuerdo, somos capaces de hablar de lo negativo de los demás de forma interminable, con argumentos incuestionables. Somos capaces de criticar incesantemente a otros como si nuestra manera de proceder fuese la única correcta, la válida. En cualquier caso, lo más que hacemos es ver hacia afuera con una desconexión ciega e irreflexiva de nuestra propia vida y la interioridad de nuestro ser. Haciendo analogías, no en vano el ser humano tiene un mayor conocimiento de la galaxia y las estrellas que de las profundidades de los mares y océanos que están en nuestra madre tierra.

Lo anterior me remonta a la historia de Jesucristo y la adúltera. Cuando el pueblo se disponía a apedrearla, el argumento del maestro fue el siguiente: “quien este libre de pecados que lance la primera piedra”. Más allá del hecho histórico, creo que existe un isomorfismo psicológico y filosófico muy importante en esta historia. Las piedras representan nuestros juicios y la prostituta las personas que en muchas ocasiones han sido vejadas o vilipendiadas por nuestros veredictos. Jesús viene a ser la voz de la conciencia, clara y brillante, que nos señala un camino de crecimiento. “Quien esté libre de pecados…” y ya sabemos el resto. La gente se fue. Haciendo la relación, los juicios cesaron, no fueron disparados los dardos con el veneno que corroe nuestros espíritus.

Es muy importante poder observar hacia adentro. Incluso, observar nuestra vida interior e intentar contemplarla sin las pasiones estériles de los juicios, sino por el contrario, con el firme propósito de conocernos más, de contactar con nuestras necesidades y evitar lanzarnos piedras a nosotros mismos que al final hieren el espíritu nuestro y mancillan nuestra humanidad. Es muy importante poder observar hacia adentro. Conocernos más a nosotros mismos es una garantía de poder conocer más a los otros o al menos, tener una concepción más libre y justa de los demás seres humanos. Ya lo planteaba el aforismo griego en el Templo de Apolo en Delfos “conócete a ti mismo”.

La necesidad de conocernos, de observar hacia nosotros mismos, de no perder el tiempo mal juzgando a los demás, debe ir orientada por otra parte hacia el desarrollo de nuestras propias capacidades, promocionar aquello que nos gusta, no perder tiempo odiando y criticando todo lo que para nosotros es malo, negativo. No se trata tampoco de volvernos hipócritas y endulzar los oídos de los demás con palabras baldías cuando nuestros sentimientos no se corresponden, teniendo una relación de doble faz con quienes nos rodean.

¿Cuántas veces entonces nos hemos vuelto opinantes de oficio, dando veredictos para aquello que nadie nos ha pedido que lo hagamos? Es posible que opinemos mucho sobre cosas que sabemos muy poco. Sobre quienes sabemos muy poco. Seguramente es poco lo que intentamos saber sobre las circunstancias de los demás. Entender a los demás en su justa dimensión humana, lo cual les confiere la capacidad para tener aciertos y desaciertos. Todos tenemos aciertos. Todos tenemos desaciertos.

Al final, todo se resume en ser más objetivos con las personas que nos rodean, tratar de valorar lo bueno de los demás en mayor medida y observarnos más a nosotros mismos, observar más de cerca nuestras propias acciones. En la medida que nos conozcamos más a nosotros mismos y seamos capaces de ver más en profundidad nuestra propia esencia, sin intentar fisgonear en las vidas ajenas, en esa medida podremos tener más paz interior, sin dilemas esenciales y existenciales espurio, porque solo podemos estar en paz con nosotros mismos aceptando nuestras propias fortalezas y limitaciones que también están en quienes nos rodean. Es un imperativo conocernos en profundidad a nosotros mismos.

Autor: Daniel Rojas Salzano

Oda a la belleza del lenguaje

Decía Uslar Pietri: “La palabrota que ensucia la lengua termina por ensuciar el espíritu. Quien habla como un patán, terminará por pensar como un patán y actuar como un patán. Hay una estrecha e indisoluble relación entre la palabra, el pensamiento y la acción. No se puede pensar limpiamente, ni ejecutar con honradez, lo que se expresa en los peores términos soeces. Es la palabra lo que crea el clima del pensamiento y las condiciones de la acción”.

En nuestro idioma castellano (así como en cualquier otro idioma) existen hermosas palabras. Existen palabras que expresan lo feo, lo odiado, lo repudiado, lo amado, enaltecido y valorado. El idioma y su evolución a través de los siglos es un registro fiel de nuestras circunstancias. Las palabras (tal como lo describe Uslar Pietri), contribuyen con nosotros a configurar el mundo, lo que nos rodea. A través de las palabras que utilizan los otros, llegamos a conocerles. A través de las palabras y la configuración del lenguaje, podemos tocar la fibra más prístina y auténtica del alma de quien nos escucha.

Las palabras, la forma en la cual estas se conjugan, la manera en la cual son utilizadas, denotan cómo las personas piensan acerca del mundo que les rodea. La forma como una persona habla devela el proceso a través del cual contacta con aquello que le circunda, con las personas a su alrededor. La belleza de las palabras nos hacen tener una mejor visión del universo. No sé si más optimista o pesimista, pero al menos, una mejor visión de nuestra existencia. El mundo será más rico y enriquecedor, en tanto aprehendamos un mayor número de palabras a nuestro repertorio para expresar toda una serie de temas que nos pueden resultar interesantes en pro de nuestro propio desarrollo y crecimiento.

El lenguaje, vasto continente de palabras, con unas generales y otras muy específicas, algunas con múltiples acepciones, otras con un solo significado, deviene en un recurso íntimo y personal, una red que se teje a través de los años, de la curiosidad, de la lectura, del ímpetu explorador y la avidez. En fin, las palabras nos dan referencia tanto de nuestro mundo interno como de nuestro mundo externo.

Una persona que no encuentra las palabras para expresar sus sentimientos en determinada situación, es una persona que se encuentra en una posición de desventaja frente a aquello que le sucede. No poder referir lo que se siente es un drama. No encontrar o bien, no tener las palabras necesarias para expresar determinados estados de ánimo, describir la propia realidad material e inmaterial, es andar por la vida gateando a ciegas en una oscura y escarbada cueva intentando arribar a  la salida, hasta donde haya oxígeno y luz para continuar vivo. En muchos casos, sucumbe en el intento, con lo cual se sufre la tragedia de la incomunicación.

El lenguaje no es solo palabras, es también sintaxis. Nada hacemos con palabras mal utilizadas, con palabras que están puestas en lugares que no corresponden. Es posible que nosotros nos entendamos a nosotros mismos, empero, quienes nos escuchen difícilmente encontraran el camino correcto para acceder al campo indispensable de la comprensión. Así mismo, utilizar palabras que no corresponden, combinadas de forma incorrecta, aunque nosotros creamos entendernos a nosotros mismos, será como navegar en un navío hacia el sur con una brújula que nos señala hacia el oeste. En algún punto de nuestro trayecto nos daremos cuenta que nuestra orientación es equivocada o simplemente atracaremos en el puerto incorrecto.

Por otra parte, la belleza más excelsa y elevada de lenguaje es aquella que viene acompañada de acciones, puesto que el lenguaje que no está respaldado por obras, por un testimonio de vida, es como un cascarán hueco, como un globo que se infla infatigablemente pero que en algún momento explota dejando sordos y heridos a quienes escuchan, desconfiando de nuestras palabras. Es mejor demostrar correspondencia entre la teoría y la praxis que una relación desarticulada entre lo que se dice y lo que se hace.

En consecuencia, es necesario promover la belleza del lenguaje, estimular a través de la palabra y la acción el correcto uso del mismo, saber diferenciar entre el lenguaje escrito y el verbal (porque tienen diferencias). Resulta preciso y urgente luchar contra el empobrecimiento creciente y sostenido del idioma. Es preciso que luchemos contra la depauperación de la lengua porque esta carestía lo único que resultará será en generaciones posteriores con una capacidad verbal y escrita reducida a un mundo limitado, incapaz de comunicarse eficientemente.

Debemos ser garantes de la palabra, verbal y escrita. Sembrar el uso de la correcta expresión. Cultivar en el intelecto y en las almas el amor por el lenguaje cabal, hacer de nuestra diaria expresión un ejercicio de desarrollo personal y enriquecimiento continuo, creciente y sostenido. En la medida en la cual seamos capaces de conocer y entender mejor nuestra lengua, nuestro idioma, en esa medida podremos entender de forma más adecuada nuestro mundo, tanto interno como externo. Seremos capaces de tener una comunicación precisa y adecuada, correcta y respetuosa. Nuestra comunicación expresará correctamente, lo que intentamos expresar. Dibujará con rigor, acierto y minuciosidad los sentimientos y pensamientos que habitan en nuestro interior. Identificaremos de exactitud, claridad y concreción aquello a nuestro alrededor.

Autor: Daniel Rojas Salzano

Tengo nostalgias y fe

Tengo nostalgias de un país mejor. Tengo nostalgias de un país más amable. Tengo nostalgias de un país que se hacía querer continuamente por quien lo visitaba. Tengo nostalgias de un país que tenía las puertas abiertas para el que llegaba. Tengo nostalgias de disfrutar hacer mercado, hacer las compras.

Cada mañana me levanto con un gran entusiasmo, como si esas 5:30am, hora a la que suena el despertador, fuera la alarma de una promesa. La mañana que me levanto a esa hora es brillante. Es un momento de esperanza. Esa alarma que anuncia una promesa dicta la pauta de “cada día tengo que ser/hacer mejor”. En la mañana, cuando estoy desperezándome, en el momento en el cual estiro mis brazos y me digo a mí mismo con alegría “otro día más, otra oportunidad”, el entusiasmo me comienza a recorrer el cuerpo. Esa hora, definitivamente es una hora de esperanza. Viene a mi cabeza la frase tan hermosa de un marcalibros que perdí hace tiempo. Esa frase rezaba: “que el lucero de la mañana, estrella que no conoce ocaso, encuentre siempre encendida la lámpara de nuestra fe”.

Ese mágico momento de la mañana es una epifanía. Manifestación de la alegría y la esperanza. Las sombras no existen. En la medida en que mis ojos se van abriendo todo se va llenando, subrepticiamente, de luz e ilusión. Siento real la posibilidad de generar cambios en conjunto con toda esa gente buena que me rodea continuamente en mis días. Familia, amigos, compañeros de trabajo y estudio. Otras son personas desconocidas pero también valiosas, porque creo definitivamente que existe mucha gente valiosa. Porque creo que la humanidad es valiosa, a pesar de todas aquellas personas negativas que la conforman y desvirtúan la propia ontología de lo que es humanidad.

La mañana del nuevo día anuncia en el canto de las aves una esperanza necesaria. La mañana del nuevo día viene cargada de probabilidades a través de las cuales apuesto a favor del bien. Cada mañana, con la luz del sol, pienso en el sentido de lo que hago y haré. En el sentido superior, en el propósito trascendente de mi vida y las actividades del día. Aun cuando soy apenas un grano de polvo cósmico en la vastedad de la galaxia, que mi vida es menos que un parpadeo en la historia del universo y mi vida completamente llena de finitud, me levanto con pasión. Evito preguntarme ¿para qué voy a hacer esto si al final unos pocos lo sabrán o se enterarán? Evito decirme: “una golondrina no hace verano”. Pensamientos limitantes. Creo que lo que yo haga, por pequeño que sea, siempre es necesario, es parte de algo más grande. Soy un diminuto impulso eléctrico en el corazón del universo, sin embargo, un corazón sin impulsos eléctricos muere.

Entonces comentaba, que me levanto muy bien. Pero también te comentaba en un inicio, que tengo nostalgias. Estas las voy adquiriendo durante el día. Si en la mañana me levanto lleno de vigor y buenas expectativas, entusiasmo y alegría, en la medida en la cual va pasando el día las cosas se van haciendo un poco más sombrías. De repente en algún momento del día llegan juntas de la mano la calamidad, el desánimo, el rencor, el dolor y la tristeza y comienzan a golpear a mi puerta y derrumban nuevamente la muralla de la esperanza.

A medida que va pasando el día, las palabras anteriores, todos esos buenos sentimientos, comienzan a menguar. Si en la mañana aquellas palabras confluyen conjuntamente con el amanecer, los mazos de una realidad dura, a la cual pareciera que no terminamos de acostumbrarnos, viene de nuevo a golpear los tapias de mi vida. Y surge la nostalgia. La rabia. El enfado. Las ganas de terminar con todo de una buena vez y decir, hasta aquí he llegado Yo, humanamente esto no se aguanta. Hasta dónde vamos a llegar.

La realidad. Los embates de una situación muy diferente a lo que alguna vez soñé (como sueño es una de las pesadillas más angustiantes que me ha tocado experienciar), hacen que el transcurrir del día y la insistencia por hacer las cosas bien sean una tarea titánica. Mi país, se ha convertido en un vertedero. Transcurrir cada día, cada vez más alejado de esa mañana tan placentera y esperanzadora, se convierte en una tarea de envergadura para evitar colgar los guantes. Para evitar recitarme el mantra “todo está perdido”.

Durante el día, en la medida en que las horas se van llenando de malas noticias, de quejas y de palabras altisonantes empapadas de descalificación, en esa medida pareciera que quisiera aflojar la guardia. Bajar los brazos. Rendirme. Pero no me rindo. Definitivamente no lo hago y sigo insistiendo. Es difícil llegar a casa y ver a los tuyos y no poder encontrar dentro de mí lo necesario para ofrecerles algo mejor, poder ayudarles a paliar el sufrimiento compartido del cual todos somos partícipes.

Y me arropa la nostalgia. La nostalgia de normalidad. La nostalgia de días tranquilos de la juventud y la infancia donde los días transcurrían con un poco más de serenidad y la sombra que acompaña cada uno de mis pasos no existía en el cielo negro de la noche, antaño, lleno de estrellas.

Me pregunto, ¿Cómo es que sigo insistiendo? Tengo una sola respuesta. Fe. Me acuesto con Fe. Comúnmente duermo bien. Y tengo fe. Esta fe en que cuando el lucero de la mañana saldrá y encontrará encendida la lámpara. Y me levanto con el nuevo día, con la esperanza y el entusiasmo a flor de piel. Creo que no hay más opciones. El día que me levante sin tener perspectivas y posibilidades, sin estar convencido del propósito superior de las pequeñas labores que hago en este vasto universo, ese día será un día muerto. Y no pasa nada si tengo nostalgias. No pasa nada si nostalgio aquello que alguna vez fue pero ya no lo es, ni será. No pasa nada porque simplemente, no vivo conectado con la nostalgia. No pasa nada. Porque el entusiasmo, la alegría, el vigor y la fe con la que despierto cada mañana, me dicen que hoy, exactamente aquí y ahora, es una nueva oportunidad.

Autor: Daniel Rojas Salzano.

Recetas para un país mejor

Yo pregunto, ¿Será que en un futuro, no muy lejano, tendremos que mirar a nuestros hijos, nuestros nietos y decirles: “vives así, en esta situación miserable, porque no tuvimos el coraje de luchar por un futuro mejor”? ¿Será que desde tierras lejanas, padres y abuelos verán a sus hijos y nietos a los ojos y les dirán que la tierra prometida, la de las verdades perdidas, la de lejanas falacias es un recuerdo porque no nos atrevimos a hacer algo por un futuro mejor? ¿Será que asumimos de una vez esa responsabilidad y bajamos los brazos? ¿Valdrá la pena seguir luchando? Venezuela no es el mejor país del mundo. Venezuela dista de ser el mejor país del mundo, sin embargo, es nuestro país y creo, que vale la pena luchar y trabajar por un mejor país.

La verdad, si usted me pregunta, yo no sé qué hacer exactamente. No tengo ni idea. Tampoco me he reunido con gente a preguntarnos razonadamente, buscando soluciones, qué podemos hacer con este pedazo de tierra que alguna vez el insigne Cabrujas mencionó como un gran campamento en donde todos llegan y se van, se coge lo que se necesite pero se deja o se repone poco. No pasa de ser un campamento porque todos queremos algo de esta tierra de forma rápida y no nos hemos tomado el tiempo para construir, para sembrar y cosechar y eso, no se hace de un día para otro. No tengo ni idea y tampoco soy un experto en proyectos de “mejor país”. Más allá de las notas estridentes de la cacofonía cotidiana, hay un puñado numeroso de personas con planes racionales, plausibles y sustentables en el tiempo sobre los cuales deberíamos comenzar a volcar nuestros ojos para darles mayor volumen a su voz y que les escuchemos. Ellos tienen proyectos para el país.

En esta tierra vivimos muchos, de esta tierra han partido muchos. Aquí se está instalando el lema: “Sálvese quien pueda, sálvese como pueda”. Algunos han escogido el exilio. Otros hemos escogido el insilio. Nos hemos encerrado. Volviéndonos bestias feroces, desconfiadas, unas veces con razón, otras por alucinación. El que se va y el que se queda continuamente busca de alguna manera racionalizar, encontrar algún motivo para desacreditar a quien se va o a quien se queda según sea el caso. El propósito de esto no es más que enmascarar tanto dolor con el que va penando día a día en un vía crucis muy privado y personal. El país se desprecia, se añora, se lamenta, se odia, se duele, se hace “indiferente”, se habla del país (desde adentro y desde afuera) con soberbia, orgullo, indiferencia, desaire, desdén, menosprecio. Adentro, muy adentro, habita un profundo dolor. Porque no se trata de vivir afuera, se trata del dolor y del miedo. Del miedo de que te llamen, un día, quién sabe con cuantas horas de diferencia para decirte que alguien muy querido ya no está o hicieron que ya no esté. Se trata del dolor de ver reducido un país a colas, escasez, hambre, inseguridad. El dolor mortal de ver reducido este país a escombros y todos sabemos que puede ser mejor, puede ser un buen lugar.

Nuestro tricolor ahora parece tener un significado diferente. El amarillo, antaño las riquezas de nuestra tierra, representan ahora las riquezas expoliadas, en manos de unos pocos. Esas riquezas, ese oro que se ha esfumado hacia tierras lejanas, hacia bóvedas privadas, la riqueza malbaratada para promover las mentiras y las amenazas. El azul, representando los miles de kilómetros de mar y cielo que se ciernen entre nosotros, los que nos hemos quedado y los que se han marchado buscando una vida mejor. El azul de ese mar y océano que está entre el viejo y el nuevo continente, el azul que desde nuestras costas nos dice en el silencio de una ola “la distancia nos duele, nos corroe, nos carcome”. El rojo, ese rojo casi negro, coagulado e indigesto que devora la vida a su paso y anega la tierra de terror, miedo y llanto. Sangre de víctimas, héroes, niños inocentes, mujeres, ángeles y demonios asesinados por miles en un gran campo de concentración en el que se está convirtiendo esta nación.

No importa donde estés, si adentro o afuera. Yo no conozco de recetas mágicas ni tengo soluciones probadas. Menos en este momento donde tengo tanto dolor, tanta rabia, tanto odio por todo lo que en este país pasa (por todo lo que en este país deja de pasar). Está pasando y por lo visto, pasará. Y me refiero a que “pasa” como equivalente a suceso y no como sinónimo de hechos que ocurren con un principio y un final. Y tenemos que hacer algo. Al menos, comenzar por organizarnos, quitarnos la visión mesiánica de la vida, tirar al basurero la creencia de “sucederá algo extraordinario que cambiará nuestro país”. Y tenemos que hacer algo. Quitarnos de encima la creencia “todo está perdido, no hay nada que hacer”.

Para tener un mejor país y contribuir con él, no importa la geografía que nos acoja, debemos entender que destruir es mucho más fácil que construir. Construir lleva años. Para construir es necesario trabajar mucho y muy duro. Se requiere organización para construir, para hacer que las cosas mejoren en el tiempo y  que además permanezcan. Requiere que haya mucha gente haciendo lo que tiene que hacer, lo que sabe hacer, lo que le gusta hacer en función de un propósito superior, de una visión de país, de un lugar que quizá nuestra generación no vea, pero que las futuras generaciones cuando piensen en nosotros lo hagan con orgullo como otrora lo hemos hecho nosotros acerca de nuestros connacionales de la historia. Sin héroes porque creo que la época del heroísmo ya ha pasado. Por cada supuesto héroe existe un montón de gente que ha tenido que comprometerse, vincularse, implicarse y llenarse los pies de barro. Los “héroes” no existen ni existirán sin la gente que día a día trabaja en comunión por un propósito superior.

Yo creo en la posibilidad de mejora de nuestra nación. Espero (aunque no lo vea) un país donde el tricolor represente otras cosas diferentes, donde el amarillo signifique la riqueza de nuestras almas, una riqueza lograda con tiempo, trabajo, orden y esfuerzo. Un amarillo que signifique el oro, producto de la alquimia del tiempo y del crecimiento como pueblo. Donde el azul sea de un cielo que nos arrope a todos aquellos que deseamos convivir en paz, con tolerancia, con respeto verdadero, auténtico y comprometido hacia la diversidad. Un azul para los que viven aquí y un azul para los que han escogido otros suelos y porque este suelo y este cielo, también es para ellos.  Y el rojo que sea por la sangre que vibra y es bombeada por nuestros corazones llenos de ilusión, amor, paz, respeto, salud y esperanza de que podemos ser la mejor versión de nosotros mismos.

Y aún sigo sin conocer recetas mágicas para hacer un país mejor.

Autor: Daniel Rojas Salzano

Castigar o mejorar

Es cierto, todos cometemos errores, no existe un solo ser humano (por ser humano) que no haya cometido errores. Como dijo Jesús: “quien esté libre de pecados que lance la primera piedra”. Efectivamente, quien esté libre de errores, quien nunca haya cometido errores, que apunte hacia los demás y los juzgue duramente, sin embargo, como somos muy olvidadizos y tendemos a olvidarnos de nuestros propios procesos personales, tenemos una importante tendencia a juzgar duramente a otros y olvidarnos de nuestros errores, de cómo llegamos a esos errores y cómo hicimos para mejorar y enmendarlos. Olvidamos incluso que ha habido gente importante a nuestro alrededor que de una forma u otra nos han ayudado a mejorar.

Con relación a nuestros triunfos, nuestros logros y nuestros éxitos también tenemos una memoria muy selectiva, nos recordamos muchas veces solo del evento pero olvidamos también cómo logramos llegar hasta ellos, los errores que estuvieron implicados y las personas que nos ayudaron a alcanzarlos.

Lo que quiero plantear es que debemos intentar evitar la conducta punitiva, de castigo, de señalar al otro continuamente por sus errores. Cuando nos equivocamos en lugar de castigar debemos orientar, ayudar a mejorar. Los errores son humanos y no digo que debemos vivir en ellos, porque si bien es cierto que existen errores que son una tontería, también existen errores, fallas, equivocaciones, que pueden llegar a costar, incluso, vidas humanas.

Ante los errores humanos siempre existen una serie de variables que debemos considerar. Los errores de una persona siempre está vinculados a otras personas, pero no por ello debemos dejar de reconocer nuestra responsabilidad frente a nuestros propios errores. Cuando un error, una falla, una mala conducta se manifiesta y de alguna manera llama nuestra atención por su gravedad, debemos tener en cuenta nuestra corresponsabilidad frente a ello, qué podemos dar de nosotros mismos a esa otra persona para que pueda generar acciones de mejora. Por ejemplo, cuando un padre identifica un error cometido por uno de sus hijos, en lugar de asumir la conducta punitiva es importante primero identificar cuál es su corresponsabilidad como padre, para poder ayudar mejor y no señalar tal conducta, castigarla y dejar las cosas simplemente así, creyendo que solo con castigar generamos acciones de mejora.

Incluso debemos ayudar a quienes están a nuestro alrededor a que reconozcan su responsabilidad e incluso impulsarlos a no quedarse en el sentido punitivo de la culpa que más que ayudarnos a generar acciones correctivas y de mejora, de enforcarnos para tener perspectivas diversas y novedosas, lo que hacen es centrarnos precisamente en la acción equivocada, en el error y no en la solución.

Por otra parte, también es necesarios tomar en cuenta que los errores son parte de nuestro que hacer diario. Además de esto, una vez que identificamos errores y generamos acciones correctiva, pasamos a un nuevo nivel de acción donde las personas que tenemos a nuestro alrededor comienzan un nuevo proceso de seguir construyendo la realidad, de aumentar su propia capacidad de acción y por lo tanto, surgirán nuevos errores producto de la exploración y el desarrollo de nuevas potencialidades, del desarrollo de nuevas competencias y experiencias.

Los errores o fallas cuando son utilizados como catapultas resultan en nuevas formas de conocer la realidad, porque también identificando lo que no debemos hacer, generamos conocimiento. Cuando los errores cometidos (y que todos, absolutamente todos cometemos errores) los utilizamos como un instrumento punitivo, como un mecanismo para volcar en el otro nuestras propias frustraciones, deviene simplemente en una acción que coarta la posibilidad de generar acciones nuevas y procura en la otra persona una imposibilidad para accionar. Cuando una persona la ayudamos a que se quede solo en la culpa, le estamos dando un mensaje de minusvalía, estamos ayudando a que persista en el error que castigamos y no lo motivamos a que siga explorando el mundo, a que tome decisiones por sí mismo, en fin, a que mejore.

Autor: Daniel Rojas Salzano

Multiplicadores del bien

Pareciera que el mal está ganándole terreno al bien, pareciera que el mundo está lleno de más cosas negativas que de cosas positivas y pareciera que no tenemos mayor esperanza frente a todo el desastre y el caos que se encuentra a nuestro alrededor, sin embargo, a pesar de todo existen muchas personas haciendo cosas buenas en muchos lugares e intentando que las cosas vayan mejor.

Decía Facundo Cabral: “Una bomba, hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye, hay millones de caricias que alimentan a la vida. El bien se alimenta de sí mismo. El mal, se destruye a sí mismo. Si los malos supieran que buen negocio es ser bueno, serían buenos aunque sea por negocio”. Con esta frase citada quiero significar que las cosas malas hacen demasiado ruido y que detrás de todo ese ruido existe una corriente continua de bondad que nunca se detiene y que la bondad tiene muchas maneras de expresarse y debemos tener el corazón abierto tanto para recibirla como para darla.

Por otra parte, es posible que así como yo, tú también te levantes o te acuestes con la sensación de que las cosas no van tan bien como crees o que podrías estar haciendo las cosas mejor de lo que actualmente las estás haciendo. Cuando me sucede esto le ofrezco mis acciones a Dios (no importa lo que Dios sea para usted). Es la única manera como encuentro despejar la cabeza de tantas dudas y poder seguir adelante.

Volviendo sobre el tema del mal y del bien, considero que en muchas ocasiones damos demasiada importancia a lo malo y le restamos importancia a lo bueno. Creo que esto tiene que ver con la forma como decidimos interpretar el mundo. Tampoco se trata de negar de forma neurótica el mal y quedarnos comiéndonos las flores de la vida cuando hay tanta basura, sin embargo, pareciera que la negación del bien por el reconocimiento del mal también tuviera un cierto matiz neurótico.

La eterna lucha del bien y del mal comienza por nosotros mismos. En nosotros como individuos cohabitan tanto el bien como el mal. Somos capaces de hacer un bien hoy y un mal mañana, incluso sin notarlo. Esta propia condición humana de hacer tanto un bien como un mal implica que debemos conocernos a nosotros mismos y hacer un énfasis especial en lograr una relación profunda con nuestra propia persona, así como intentar estructurar  nuestra existencia dentro de un marco constructivo y de progreso.

Creo que la idea es que reconociendo tanto el bien como el mal seamos multiplicadores de lo bueno que se esté haciendo en alguna parte. Incluso tomar como punto de partida alguna cosa buena que nos resulte inspiradora, que nos guste, que nos llame la atención, con la cual nos sintamos identificados y podamos ser multiplicadores. Participar de las buenas acciones que están realizando otras personas, así como ayudar a poner en práctica las buenas ideas de otros o bien, las propias.

Estamos llamados a ser multiplicadores del bien por encima del mal, incluso cuando el mal haga tanto ruido, haga tanto daño y nos deje heridas profundas. En este preciso instante cuando estoy escribiendo estas líneas existen muchas personas en muchos lugares del mundo haciendo cosas buenas simultáneamente y es un hecho que no se puede negar. Lo están haciendo a pesar de todo el mal que en este mismo momento también está sucediendo en muchos lugares del mundo.

Si usted siente que el mal nos está ganando terreno en este momento histórico, le invito que se sume a alguna buena causa o que se haga creador de alguna buena causa y la ponga en acción. Le invito a sumar para la causa del bien y restar un poquito (aunque sea) a la causa del mal. Mientras usted viva (y después de su vida), el bien y el mal siempre estarán presentes. Si es usted creyente o un materialista acérrimo, no importa, la causa del bien es una causa humana, es una causa que tiene que ver con la propia humanidad.

La relación dialéctica entre el bien y el mal es más antigua que todos los que estamos leyendo estas líneas y transcenderá nuestra existencia. Lo importante es nuestro compromiso y nuestra orientación a ser multiplicadores del bien haciendo uso de nuestras potencialidades y de nuestras limitaciones. El debate entre el bien y el mal es posible que nunca deje de existir y mientras nosotros existamos otorguemos un poco de sentido a nuestras vidas a partir de ser emancipadores de la maldad y multiplicadores de la causa del bien.

Somos nuestra experiencia

Somos nuestra experiencia, somos lo que hemos vivido y somos lo que son nuestros padres y nuestra sociedad.

Sobre estos principios y tomando en cuenta aquello que nos precede es lo que actualmente somos. Si miramos nuestra propia vida es posible que seamos capaces de observar cuanto de los demás tenemos en nosotros mismos y no es que con tal afirmación le estoy dando una patada a la mesa de la individualidad y echando por tierra tantas frases bonitas y encapsuladas de que somos seres únicos e irrepetibles.

Efectivamente creo que somos seres bastante únicos y que somos, de persona a persona, individuos bien diferenciados, con características que nos hacen diversos. La forma como analizamos (cuando lo hacemos) lo vivido y la manera como expresamos aquello que obtenemos de herencia familiar y social, son los elementos que nos hacen únicos, son los elementos que nos permitirán de alguna manera otorgarle sentido a todo lo que ocurre en nuestro mundo interno y a las cosas que nos rodean.

Es verdad que somos diferentes pero de alguna manera no lo somos tanto. Este es el momento en el que usted me dirá que me aclare y finalmente tome posición por una postura individualista o colectivista, pero ni lo uno ni lo otro. Somos tanto individuos como parte de una gran masa indiferenciada (e indiferente en ocasiones). Cuando observamos nuestra cultura y nuestra sociedad nos damos cuenta que tenemos muchas cosas en común con la sociedad en la que nos desenvolvemos, compartimos símbolos, compartimos vocablos, modismos, percepciones, valores, aspiraciones, angustias. Cuando nos damos cuenta que compartimos tantas cosas con toda nuestra sociedad, lo cual incluye a quienes conocemos tanto como a quienes desconocemos, somos capaces de darnos cuenta que no somos tan diferentes como creíamos ser, no somos tan especiales como lo pensábamos en un principio.

Pero no se preocupe, que esto no le quite el sueño. Así como compartimos tantas cosas con tantas personas de la sociedad, también compartimos muchas cosas con nuestras familias, con nuestro padre y/o nuestra madre, en caso de que haya tenido a uno de los dos o a los dos, que mire que no todo el mundo tiene la suerte de tenerlos a los dos y se han visto casos de personas que desearían tener a una sola de estas figuras porque los dos pueden resultar agobiantes, pero esto ya es tema para otra publicación. En fin, volviendo a lo nuestro, podríamos tener muchas cosas en común con nuestros padres y no darnos cuenta, incluso, negar o renegar de ciertas características que nos molesten en nuestros padres porque nos resultan odiosas, pero al final del día estamos nosotros repitiendo el mismo patrón de conducta de una forma u otra.

Ahora bien, le digo que aquello que a usted y a mi nos hace seres únicos e irrepetibles es quizá la manera como toda esa cartera de variables y características que obtenemos a partir del primer contacto con nuestro círculo íntimo de relaciones y luego con quienes nos vamos tropezando en el camino, se configuran, se mezclan y luego de una forma u otra se expresan en nosotros. Exacto, la forma como todo eso, lo biológico, lo emocional, lo intelectual y lo social se configuran, se mezclan y se expresan en cada uno de nosotros. No se crea que le estoy diciendo algo demasiado original, pero es así.

Quizá en este momento se esté diciendo a usted mismo que eso de su padre, su mamá o sus hermanos (de nuevo, en caso de que los tenga) que a usted le molesta tanto usted no lo tiene, pero no se preocupe, no estoy hablando de características particulares sino de los mecanismos que rigen y ordenan su comportamiento, eso es lo que a usted le hace tan parecido a su familia o sociedad y la manera como lo expresa y en lo que se manifiesta es quizá lo que a usted le hace tan distinto.

Cuando digo que somos nuestra experiencia es porque todo lo vivido se cuela a través del filtro de todo eso que hemos heredado de nuestras familias, su biología y su modo de ser, de nuestra sociedad. Somos nuestra experiencia. En este momento que usted me está leyendo, es el resultado de la suma de todo aquello que ha vivido hasta el momento, ni más ni menos. Sin embargo, somos mucho más que la simple suma de todo lo que hemos vivido. Es que lo vivido y lo que hemos decidido experimentar en nuestras vidas es el resultado de ese bagaje que traemos, lo cual a su vez genera una serie de resultados y termina generando la persona que somos en este momento.

Somos nuestra experiencia porque simplemente es muy difícil (para bien o para mal) deslindarse de las experiencia que hemos tenido e intentar explicar el mundo que está frente a nosotros y dentro de nosotros desde una perspectiva diferente a la resultante como consecuencia de todas nuestras experiencias y nuestra carga genética y social.

Somos lo que somos. Punto. Somos nuestra experiencia. Punto. Somos lo que somos con nuestras luces y nuestras sombras, con nuestras fortalezas, con nuestras debilidades, con nuestras áreas de mejora, con amenazas y con oportunidades. Creo que el futuro y lo que seremos  será consecuencia directa de nuestras experiencias a partir de ahora. El futuro está en nuestras manos. No es lo que somos sino lo que hagamos con ello que determinará que nuestra vida sea más o menos satisfactoria para nosotros mismos. Aunque el futuro parezca sombrío, ante nosotros se erigen retos y se perfila la consecución de metas necesarias para nuestro progreso y la única forma de alcanzar la gloria será a partir del uso de eso que somos y hemos sido, de lo que tenemos y podamos seguir incorporando a nuestro propio ser.

Autor: Daniel Rojas Salzano

 

 

 

 

 

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