Observar lo que hace falta observar

Enfocados en la carencia, solemos observar aquello que no tenemos, aquello que hace falta, lo que no se logra, lo que no se consigue aprobar. Nos enfocamos tanto en aquello que deviene en error, tanto en lo que no se hizo que muchas veces perdemos la oportunidad de generar nuevas ideas, generar soluciones. Nos enfocamos tanto en los detalles, que dejamos de observar el territorio entero de cosas buenas que pueden estar junto a aquello que está dentro y fuera de nosotros. Enfocamos los detalles del bosque, obviando así, al bosque entero.

Observamos con prioridad los errores de los demás. Cuando alguien comete algún error, cuando no hace lo que habríamos querido, entonces nos enfocamos de manera fija en esa situación, cuando posiblemente esa persona sea capaz de realizar mejor otras cosas más. Incluso etiquetamos a las personas de una manera tan injusta e inequívoca que todo lo observamos a través del cristal de esa lente; todo lo que pensamos, sentimos y hacemos por ese otro está matizado por esa opinión previa, sin poner nuestro juicio en suspensión.

Continuamente (e inconscientemente) pretendemos que los demás satisfagan nuestras propias necesidades, que realicen lo que nosotros queremos sin dejarles oportunidad de hacer aquello considerado correcto (por ellos). Nos empeñamos consistentemente en que los demás hagan las cosas de la forma como nosotros creemos deben ser hechas y cuando hacen las cosas de la forma que ellos creen que es correcta y sin consultarnos, elaboramos juicios negativos e incluso, nos sentimos de alguna manera desplazados. Somos muy duros ante el error ajeno y blandos ante el error propio. El yerro ajeno salta ante nosotros como una liebre despavorida mientras que nuestras erratas son topos que se esconden en la tierra y nuestra cabeza simula un avestruz.

En esos equívocos, en esas acciones en las que estamos en desacuerdo, somos capaces de hablar de lo negativo de los demás de forma interminable, con argumentos incuestionables. Somos capaces de criticar incesantemente a otros como si nuestra manera de proceder fuese la única correcta, la válida. En cualquier caso, lo más que hacemos es ver hacia afuera con una desconexión ciega e irreflexiva de nuestra propia vida y la interioridad de nuestro ser. Haciendo analogías, no en vano el ser humano tiene un mayor conocimiento de la galaxia y las estrellas que de las profundidades de los mares y océanos que están en nuestra madre tierra.

Lo anterior me remonta a la historia de Jesucristo y la adúltera. Cuando el pueblo se disponía a apedrearla, el argumento del maestro fue el siguiente: “quien este libre de pecados que lance la primera piedra”. Más allá del hecho histórico, creo que existe un isomorfismo psicológico y filosófico muy importante en esta historia. Las piedras representan nuestros juicios y la prostituta las personas que en muchas ocasiones han sido vejadas o vilipendiadas por nuestros veredictos. Jesús viene a ser la voz de la conciencia, clara y brillante, que nos señala un camino de crecimiento. “Quien esté libre de pecados…” y ya sabemos el resto. La gente se fue. Haciendo la relación, los juicios cesaron, no fueron disparados los dardos con el veneno que corroe nuestros espíritus.

Es muy importante poder observar hacia adentro. Incluso, observar nuestra vida interior e intentar contemplarla sin las pasiones estériles de los juicios, sino por el contrario, con el firme propósito de conocernos más, de contactar con nuestras necesidades y evitar lanzarnos piedras a nosotros mismos que al final hieren el espíritu nuestro y mancillan nuestra humanidad. Es muy importante poder observar hacia adentro. Conocernos más a nosotros mismos es una garantía de poder conocer más a los otros o al menos, tener una concepción más libre y justa de los demás seres humanos. Ya lo planteaba el aforismo griego en el Templo de Apolo en Delfos “conócete a ti mismo”.

La necesidad de conocernos, de observar hacia nosotros mismos, de no perder el tiempo mal juzgando a los demás, debe ir orientada por otra parte hacia el desarrollo de nuestras propias capacidades, promocionar aquello que nos gusta, no perder tiempo odiando y criticando todo lo que para nosotros es malo, negativo. No se trata tampoco de volvernos hipócritas y endulzar los oídos de los demás con palabras baldías cuando nuestros sentimientos no se corresponden, teniendo una relación de doble faz con quienes nos rodean.

¿Cuántas veces entonces nos hemos vuelto opinantes de oficio, dando veredictos para aquello que nadie nos ha pedido que lo hagamos? Es posible que opinemos mucho sobre cosas que sabemos muy poco. Sobre quienes sabemos muy poco. Seguramente es poco lo que intentamos saber sobre las circunstancias de los demás. Entender a los demás en su justa dimensión humana, lo cual les confiere la capacidad para tener aciertos y desaciertos. Todos tenemos aciertos. Todos tenemos desaciertos.

Al final, todo se resume en ser más objetivos con las personas que nos rodean, tratar de valorar lo bueno de los demás en mayor medida y observarnos más a nosotros mismos, observar más de cerca nuestras propias acciones. En la medida que nos conozcamos más a nosotros mismos y seamos capaces de ver más en profundidad nuestra propia esencia, sin intentar fisgonear en las vidas ajenas, en esa medida podremos tener más paz interior, sin dilemas esenciales y existenciales espurio, porque solo podemos estar en paz con nosotros mismos aceptando nuestras propias fortalezas y limitaciones que también están en quienes nos rodean. Es un imperativo conocernos en profundidad a nosotros mismos.

Autor: Daniel Rojas Salzano

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