Tengo nostalgias y fe

Tengo nostalgias de un país mejor. Tengo nostalgias de un país más amable. Tengo nostalgias de un país que se hacía querer continuamente por quien lo visitaba. Tengo nostalgias de un país que tenía las puertas abiertas para el que llegaba. Tengo nostalgias de disfrutar hacer mercado, hacer las compras.

Cada mañana me levanto con un gran entusiasmo, como si esas 5:30am, hora a la que suena el despertador, fuera la alarma de una promesa. La mañana que me levanto a esa hora es brillante. Es un momento de esperanza. Esa alarma que anuncia una promesa dicta la pauta de “cada día tengo que ser/hacer mejor”. En la mañana, cuando estoy desperezándome, en el momento en el cual estiro mis brazos y me digo a mí mismo con alegría “otro día más, otra oportunidad”, el entusiasmo me comienza a recorrer el cuerpo. Esa hora, definitivamente es una hora de esperanza. Viene a mi cabeza la frase tan hermosa de un marcalibros que perdí hace tiempo. Esa frase rezaba: “que el lucero de la mañana, estrella que no conoce ocaso, encuentre siempre encendida la lámpara de nuestra fe”.

Ese mágico momento de la mañana es una epifanía. Manifestación de la alegría y la esperanza. Las sombras no existen. En la medida en que mis ojos se van abriendo todo se va llenando, subrepticiamente, de luz e ilusión. Siento real la posibilidad de generar cambios en conjunto con toda esa gente buena que me rodea continuamente en mis días. Familia, amigos, compañeros de trabajo y estudio. Otras son personas desconocidas pero también valiosas, porque creo definitivamente que existe mucha gente valiosa. Porque creo que la humanidad es valiosa, a pesar de todas aquellas personas negativas que la conforman y desvirtúan la propia ontología de lo que es humanidad.

La mañana del nuevo día anuncia en el canto de las aves una esperanza necesaria. La mañana del nuevo día viene cargada de probabilidades a través de las cuales apuesto a favor del bien. Cada mañana, con la luz del sol, pienso en el sentido de lo que hago y haré. En el sentido superior, en el propósito trascendente de mi vida y las actividades del día. Aun cuando soy apenas un grano de polvo cósmico en la vastedad de la galaxia, que mi vida es menos que un parpadeo en la historia del universo y mi vida completamente llena de finitud, me levanto con pasión. Evito preguntarme ¿para qué voy a hacer esto si al final unos pocos lo sabrán o se enterarán? Evito decirme: “una golondrina no hace verano”. Pensamientos limitantes. Creo que lo que yo haga, por pequeño que sea, siempre es necesario, es parte de algo más grande. Soy un diminuto impulso eléctrico en el corazón del universo, sin embargo, un corazón sin impulsos eléctricos muere.

Entonces comentaba, que me levanto muy bien. Pero también te comentaba en un inicio, que tengo nostalgias. Estas las voy adquiriendo durante el día. Si en la mañana me levanto lleno de vigor y buenas expectativas, entusiasmo y alegría, en la medida en la cual va pasando el día las cosas se van haciendo un poco más sombrías. De repente en algún momento del día llegan juntas de la mano la calamidad, el desánimo, el rencor, el dolor y la tristeza y comienzan a golpear a mi puerta y derrumban nuevamente la muralla de la esperanza.

A medida que va pasando el día, las palabras anteriores, todos esos buenos sentimientos, comienzan a menguar. Si en la mañana aquellas palabras confluyen conjuntamente con el amanecer, los mazos de una realidad dura, a la cual pareciera que no terminamos de acostumbrarnos, viene de nuevo a golpear los tapias de mi vida. Y surge la nostalgia. La rabia. El enfado. Las ganas de terminar con todo de una buena vez y decir, hasta aquí he llegado Yo, humanamente esto no se aguanta. Hasta dónde vamos a llegar.

La realidad. Los embates de una situación muy diferente a lo que alguna vez soñé (como sueño es una de las pesadillas más angustiantes que me ha tocado experienciar), hacen que el transcurrir del día y la insistencia por hacer las cosas bien sean una tarea titánica. Mi país, se ha convertido en un vertedero. Transcurrir cada día, cada vez más alejado de esa mañana tan placentera y esperanzadora, se convierte en una tarea de envergadura para evitar colgar los guantes. Para evitar recitarme el mantra “todo está perdido”.

Durante el día, en la medida en que las horas se van llenando de malas noticias, de quejas y de palabras altisonantes empapadas de descalificación, en esa medida pareciera que quisiera aflojar la guardia. Bajar los brazos. Rendirme. Pero no me rindo. Definitivamente no lo hago y sigo insistiendo. Es difícil llegar a casa y ver a los tuyos y no poder encontrar dentro de mí lo necesario para ofrecerles algo mejor, poder ayudarles a paliar el sufrimiento compartido del cual todos somos partícipes.

Y me arropa la nostalgia. La nostalgia de normalidad. La nostalgia de días tranquilos de la juventud y la infancia donde los días transcurrían con un poco más de serenidad y la sombra que acompaña cada uno de mis pasos no existía en el cielo negro de la noche, antaño, lleno de estrellas.

Me pregunto, ¿Cómo es que sigo insistiendo? Tengo una sola respuesta. Fe. Me acuesto con Fe. Comúnmente duermo bien. Y tengo fe. Esta fe en que cuando el lucero de la mañana saldrá y encontrará encendida la lámpara. Y me levanto con el nuevo día, con la esperanza y el entusiasmo a flor de piel. Creo que no hay más opciones. El día que me levante sin tener perspectivas y posibilidades, sin estar convencido del propósito superior de las pequeñas labores que hago en este vasto universo, ese día será un día muerto. Y no pasa nada si tengo nostalgias. No pasa nada si nostalgio aquello que alguna vez fue pero ya no lo es, ni será. No pasa nada porque simplemente, no vivo conectado con la nostalgia. No pasa nada. Porque el entusiasmo, la alegría, el vigor y la fe con la que despierto cada mañana, me dicen que hoy, exactamente aquí y ahora, es una nueva oportunidad.

Autor: Daniel Rojas Salzano.

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2 respuestas a Tengo nostalgias y fe

  1. Yo perdí la fe, por esto, lee algo que escribí de Venezuela: http://ow.ly/Nr5Zt

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    • Amigo, yo no pierdo la fe en sí y no pierdo la fe en mí, allí reside mi fuerza. Poner la fe fuera de ti y ponerla en el país o en otra cosa puede llevar a una crisis de fe. La fe en uno mismo y las propias capacidades es lo que puede prevalecer hasta la muerte.

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