Recetas para un país mejor

Yo pregunto, ¿Será que en un futuro, no muy lejano, tendremos que mirar a nuestros hijos, nuestros nietos y decirles: “vives así, en esta situación miserable, porque no tuvimos el coraje de luchar por un futuro mejor”? ¿Será que desde tierras lejanas, padres y abuelos verán a sus hijos y nietos a los ojos y les dirán que la tierra prometida, la de las verdades perdidas, la de lejanas falacias es un recuerdo porque no nos atrevimos a hacer algo por un futuro mejor? ¿Será que asumimos de una vez esa responsabilidad y bajamos los brazos? ¿Valdrá la pena seguir luchando? Venezuela no es el mejor país del mundo. Venezuela dista de ser el mejor país del mundo, sin embargo, es nuestro país y creo, que vale la pena luchar y trabajar por un mejor país.

La verdad, si usted me pregunta, yo no sé qué hacer exactamente. No tengo ni idea. Tampoco me he reunido con gente a preguntarnos razonadamente, buscando soluciones, qué podemos hacer con este pedazo de tierra que alguna vez el insigne Cabrujas mencionó como un gran campamento en donde todos llegan y se van, se coge lo que se necesite pero se deja o se repone poco. No pasa de ser un campamento porque todos queremos algo de esta tierra de forma rápida y no nos hemos tomado el tiempo para construir, para sembrar y cosechar y eso, no se hace de un día para otro. No tengo ni idea y tampoco soy un experto en proyectos de “mejor país”. Más allá de las notas estridentes de la cacofonía cotidiana, hay un puñado numeroso de personas con planes racionales, plausibles y sustentables en el tiempo sobre los cuales deberíamos comenzar a volcar nuestros ojos para darles mayor volumen a su voz y que les escuchemos. Ellos tienen proyectos para el país.

En esta tierra vivimos muchos, de esta tierra han partido muchos. Aquí se está instalando el lema: “Sálvese quien pueda, sálvese como pueda”. Algunos han escogido el exilio. Otros hemos escogido el insilio. Nos hemos encerrado. Volviéndonos bestias feroces, desconfiadas, unas veces con razón, otras por alucinación. El que se va y el que se queda continuamente busca de alguna manera racionalizar, encontrar algún motivo para desacreditar a quien se va o a quien se queda según sea el caso. El propósito de esto no es más que enmascarar tanto dolor con el que va penando día a día en un vía crucis muy privado y personal. El país se desprecia, se añora, se lamenta, se odia, se duele, se hace “indiferente”, se habla del país (desde adentro y desde afuera) con soberbia, orgullo, indiferencia, desaire, desdén, menosprecio. Adentro, muy adentro, habita un profundo dolor. Porque no se trata de vivir afuera, se trata del dolor y del miedo. Del miedo de que te llamen, un día, quién sabe con cuantas horas de diferencia para decirte que alguien muy querido ya no está o hicieron que ya no esté. Se trata del dolor de ver reducido un país a colas, escasez, hambre, inseguridad. El dolor mortal de ver reducido este país a escombros y todos sabemos que puede ser mejor, puede ser un buen lugar.

Nuestro tricolor ahora parece tener un significado diferente. El amarillo, antaño las riquezas de nuestra tierra, representan ahora las riquezas expoliadas, en manos de unos pocos. Esas riquezas, ese oro que se ha esfumado hacia tierras lejanas, hacia bóvedas privadas, la riqueza malbaratada para promover las mentiras y las amenazas. El azul, representando los miles de kilómetros de mar y cielo que se ciernen entre nosotros, los que nos hemos quedado y los que se han marchado buscando una vida mejor. El azul de ese mar y océano que está entre el viejo y el nuevo continente, el azul que desde nuestras costas nos dice en el silencio de una ola “la distancia nos duele, nos corroe, nos carcome”. El rojo, ese rojo casi negro, coagulado e indigesto que devora la vida a su paso y anega la tierra de terror, miedo y llanto. Sangre de víctimas, héroes, niños inocentes, mujeres, ángeles y demonios asesinados por miles en un gran campo de concentración en el que se está convirtiendo esta nación.

No importa donde estés, si adentro o afuera. Yo no conozco de recetas mágicas ni tengo soluciones probadas. Menos en este momento donde tengo tanto dolor, tanta rabia, tanto odio por todo lo que en este país pasa (por todo lo que en este país deja de pasar). Está pasando y por lo visto, pasará. Y me refiero a que “pasa” como equivalente a suceso y no como sinónimo de hechos que ocurren con un principio y un final. Y tenemos que hacer algo. Al menos, comenzar por organizarnos, quitarnos la visión mesiánica de la vida, tirar al basurero la creencia de “sucederá algo extraordinario que cambiará nuestro país”. Y tenemos que hacer algo. Quitarnos de encima la creencia “todo está perdido, no hay nada que hacer”.

Para tener un mejor país y contribuir con él, no importa la geografía que nos acoja, debemos entender que destruir es mucho más fácil que construir. Construir lleva años. Para construir es necesario trabajar mucho y muy duro. Se requiere organización para construir, para hacer que las cosas mejoren en el tiempo y  que además permanezcan. Requiere que haya mucha gente haciendo lo que tiene que hacer, lo que sabe hacer, lo que le gusta hacer en función de un propósito superior, de una visión de país, de un lugar que quizá nuestra generación no vea, pero que las futuras generaciones cuando piensen en nosotros lo hagan con orgullo como otrora lo hemos hecho nosotros acerca de nuestros connacionales de la historia. Sin héroes porque creo que la época del heroísmo ya ha pasado. Por cada supuesto héroe existe un montón de gente que ha tenido que comprometerse, vincularse, implicarse y llenarse los pies de barro. Los “héroes” no existen ni existirán sin la gente que día a día trabaja en comunión por un propósito superior.

Yo creo en la posibilidad de mejora de nuestra nación. Espero (aunque no lo vea) un país donde el tricolor represente otras cosas diferentes, donde el amarillo signifique la riqueza de nuestras almas, una riqueza lograda con tiempo, trabajo, orden y esfuerzo. Un amarillo que signifique el oro, producto de la alquimia del tiempo y del crecimiento como pueblo. Donde el azul sea de un cielo que nos arrope a todos aquellos que deseamos convivir en paz, con tolerancia, con respeto verdadero, auténtico y comprometido hacia la diversidad. Un azul para los que viven aquí y un azul para los que han escogido otros suelos y porque este suelo y este cielo, también es para ellos.  Y el rojo que sea por la sangre que vibra y es bombeada por nuestros corazones llenos de ilusión, amor, paz, respeto, salud y esperanza de que podemos ser la mejor versión de nosotros mismos.

Y aún sigo sin conocer recetas mágicas para hacer un país mejor.

Autor: Daniel Rojas Salzano

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Una respuesta a Recetas para un país mejor

  1. Rubén La Rosa dijo:

    Buenos días colega. Muy ciertas tus reflexiones con respecto a nuestra situación (entiéndase emocional, económica, política, social y cultural) tienes un excelente olfato de lo que circunda en nuestro colectivo… gracias por compartir tus impresiones, las cuales describen de manera muy clara y objetiva nuestra cotidianidad. Me identifico mucho con el párrafo donde describes que cada uno de nosotros puede dar lo mejor de sí mismo para ayudar al país (colectivo). Yo también siento una profunda pena por lo que nos ocurre… definitivamente es un duelo. Al igual que tú siento un profundo respeto por las personas que deciden quedarse y por las que deciden irse al exilio… ambas decisiones implican en este momento sentimientos muy ambiguos, puesto que en ambos hay dolor, miedo, tristeza, entre otros…. por un lado y esperanza, optimismo, oportunidades, resiliencia (y muchas cosas más) por el otro.
    Sin dudas la lucha es interna… tal vez quienes nos gobiernan son una proyección de nuestras sombras… pero a la final, como todo en la vida nada es eterno. De nuevo gracias por compartir tu artículo. Saludos

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