Castigar o mejorar

Es cierto, todos cometemos errores, no existe un solo ser humano (por ser humano) que no haya cometido errores. Como dijo Jesús: “quien esté libre de pecados que lance la primera piedra”. Efectivamente, quien esté libre de errores, quien nunca haya cometido errores, que apunte hacia los demás y los juzgue duramente, sin embargo, como somos muy olvidadizos y tendemos a olvidarnos de nuestros propios procesos personales, tenemos una importante tendencia a juzgar duramente a otros y olvidarnos de nuestros errores, de cómo llegamos a esos errores y cómo hicimos para mejorar y enmendarlos. Olvidamos incluso que ha habido gente importante a nuestro alrededor que de una forma u otra nos han ayudado a mejorar.

Con relación a nuestros triunfos, nuestros logros y nuestros éxitos también tenemos una memoria muy selectiva, nos recordamos muchas veces solo del evento pero olvidamos también cómo logramos llegar hasta ellos, los errores que estuvieron implicados y las personas que nos ayudaron a alcanzarlos.

Lo que quiero plantear es que debemos intentar evitar la conducta punitiva, de castigo, de señalar al otro continuamente por sus errores. Cuando nos equivocamos en lugar de castigar debemos orientar, ayudar a mejorar. Los errores son humanos y no digo que debemos vivir en ellos, porque si bien es cierto que existen errores que son una tontería, también existen errores, fallas, equivocaciones, que pueden llegar a costar, incluso, vidas humanas.

Ante los errores humanos siempre existen una serie de variables que debemos considerar. Los errores de una persona siempre está vinculados a otras personas, pero no por ello debemos dejar de reconocer nuestra responsabilidad frente a nuestros propios errores. Cuando un error, una falla, una mala conducta se manifiesta y de alguna manera llama nuestra atención por su gravedad, debemos tener en cuenta nuestra corresponsabilidad frente a ello, qué podemos dar de nosotros mismos a esa otra persona para que pueda generar acciones de mejora. Por ejemplo, cuando un padre identifica un error cometido por uno de sus hijos, en lugar de asumir la conducta punitiva es importante primero identificar cuál es su corresponsabilidad como padre, para poder ayudar mejor y no señalar tal conducta, castigarla y dejar las cosas simplemente así, creyendo que solo con castigar generamos acciones de mejora.

Incluso debemos ayudar a quienes están a nuestro alrededor a que reconozcan su responsabilidad e incluso impulsarlos a no quedarse en el sentido punitivo de la culpa que más que ayudarnos a generar acciones correctivas y de mejora, de enforcarnos para tener perspectivas diversas y novedosas, lo que hacen es centrarnos precisamente en la acción equivocada, en el error y no en la solución.

Por otra parte, también es necesarios tomar en cuenta que los errores son parte de nuestro que hacer diario. Además de esto, una vez que identificamos errores y generamos acciones correctiva, pasamos a un nuevo nivel de acción donde las personas que tenemos a nuestro alrededor comienzan un nuevo proceso de seguir construyendo la realidad, de aumentar su propia capacidad de acción y por lo tanto, surgirán nuevos errores producto de la exploración y el desarrollo de nuevas potencialidades, del desarrollo de nuevas competencias y experiencias.

Los errores o fallas cuando son utilizados como catapultas resultan en nuevas formas de conocer la realidad, porque también identificando lo que no debemos hacer, generamos conocimiento. Cuando los errores cometidos (y que todos, absolutamente todos cometemos errores) los utilizamos como un instrumento punitivo, como un mecanismo para volcar en el otro nuestras propias frustraciones, deviene simplemente en una acción que coarta la posibilidad de generar acciones nuevas y procura en la otra persona una imposibilidad para accionar. Cuando una persona la ayudamos a que se quede solo en la culpa, le estamos dando un mensaje de minusvalía, estamos ayudando a que persista en el error que castigamos y no lo motivamos a que siga explorando el mundo, a que tome decisiones por sí mismo, en fin, a que mejore.

Autor: Daniel Rojas Salzano

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