El placer de escribir

Creo que en un momento olvidé para qué escribía. Olvidé escribir por placer. Olvidé escribir por la simple necesidad de hacerlo. Comencé con un propósito, que me leyeran. Para labrarme una cierta fama.

En la búsqueda de temas para escribir, en un momento, simplemente dejé de escribir. El placer de escribir se fue desvaneciendo. Quizá fue que el placer de escribir, como una llama que se extingue por la falta de oxígeno, comenzó a desvanecerse sofocada por la necesidad de aparentar, por la necesidad de tener mayor número de seguidores. Cambié la necesidad de escribir por el deber de escribir.

El deber de escribir sustituyó a la necesidad y al placer de escribir. El deber que yo mismo me impuse, porque al final no hay un juez más duro que ese habitando dentro de mí. Al fin de cuentas, no hay juez duro afuera de cada uno. No hay juez implacable afuera. Los jueces afuera no son más que la propia imagen juzgadora proyectada en la superficie fuera de mí.

Encontrar placer. Definitivamente a mí me gusta escribir. Escribir me genera placer, sin embargo, en un momento ha desaparecido en mí sustituido por el deber de escribir y poco a poco fui perdiendo el brillo que otorga el placer.

Aquello que hago por placer lo siento. Lo palpo. Lo siento con mis sentidos enteros. No necesito explicaciones ni justificaciones para identificar aquello que me genera placer.

Esto que lees hoy, ha sido escrito con placer.

Autor: Daniel Rojas Salzano

 

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