El necio, el sabio, el amor y el odio. Acerca de cómo poder hacer las cosas tiene que ver más con uno mismo que con lo demás.

Como otras veces, parto de una frase que vi y me gustó: “Siempre habrán personas que te odien, duden de ti, gente que no crea en ti y estarás tú demostrándoles que están equivocados”. Me gusta esta frase porque a fin de cuentas ilustra lo elemental y esencial para hacer cualquier cosa en la vida, tener confianza en sí mismo. Esta última parte de la frase puede tener dos connotaciones. La primera connotación es la de estar probando a otras personas que están equivocados, sin embargo, ¿Realmente hace falta estar demostrando a otras personas que se equivocan en relación a mí? ¿Qué es lo que necesito probar? La segunda connotación que tiene para mí la frase es que simplemente puedo mantenerme haciendo lo que esté haciendo, luchando  y trabajando por lo que quiero y las acciones hablarán por mí mismo, sin necesidad de estar probándole nada a nadie; mis propias acciones serán lo más elocuente que podré tener acerca de mi propia vida.

La vida no es una competencia ni una vitrina, aunque en  casos pueda resultar una feria de vanidades. Hay personas que se empeñan por hacer de la vida una competencia, incluso escriben literatura al respecto y hacen televisión. Arrebatarle la gracia a la vida haciendo de ella una competencia es un desperdicio. Se ha inculcado la necesidad de ser competitivos y que fuera de esos parámetros nada existe y lamentablemente, la vida se nos va intentando ser mejores que otros, ser los mejores. No se promueve demasiado la idea de ser buenos, de ser la mejor versión de nosotros mismos, de sentirnos a gusto con la vida, disfrutarla, sentirnos plenos respentando lo que pleno pueda significar para unos y para otros.

En muchos casos estoy tan atento a lo que otros puedan pensar, sentir o hacer acerca de mí, que puedo devanarme los sesos intentando que las personas tengan una impresión de mí que yo mismo intento construir, una imagen, una forma de ser, cuando en realidad escondo lo que soy y en muchos casos, lo que yace escondido es más hermoso que aquello que se mantiene en la superficie. Siempre una máscara la cual, por mucho que trate de emular al rostro humano, nunca tendrá la frescura y la vitalidad de la piel humana, el dinamismo del color, la expresión y la posibilidad de expresar lo que siento, siendo resonante y cónsono con mi propio ser interior.

Una de las cosas que he trabajado con más énfasis es el reconocimiento de mi propia humanidad. Con mis luces y con mis sombras. Con mi dimensión racional y mi dimensión pasional. Integrarme en cuerpo y mente que soy. Una dimensión humana global sin divisiones aunque las divisiones sirvan para estudiar. Darme cuenta de lo que soy y permitirme aprobarme.  Hacerme responsable por lo que soy. Creer en aquello que soy y que puedo llegar a ser, afianzar lo positivo que existe en mí y confiar en ello como confío en lo que existe en quienes me rodean porque siempre es más fácil (para bien y para mal) ver hacia afuera que observar dentro de sí.

Mi verdadero valor como persona no tiene mucho que ver con aquello que los demás puedan otorgarme o no. Cuando quiera hacer algo, las metas que tenga, propósitos y retos, la posibilidad de hacerlos o que se queden en ideas y nunca realizarlos tiene que ver más conmigo que con los demás. Cuando quiero algo verdaderamente no hay fuerza en este mundo que me detenga porque al final, lo que el corazón quiere Dios lo consiente. Algunas cosas podrán fluir con facilidad, otras podrán tardarse más, pero siempre es importante tener confianza en mí mismo y que tal confianza se mantenga, porque como dice el título del libro de Manuel Barroso, la autoestima es la ecología de cada ser o la catástrofe vital del individuo.

La verdadera persona que odia, que duda, que no cree, está dentro de mí mismo. La prueba constante y continua se encuentra dentro de mí mismo. Cuando el día finaliza, no importa la cantidad de personas que me hayan aprobado o cuantas personas me hayan desaprobado, si dentro de mí mismo existe un espacio de duda sobre mis propias capacidades, fortalezas, sobre mi propia vida y lo que soy o he sido, acerca de lo que pueda llegar a ser, entonces finalmente no importan las personas que me acepten o me desaprueben, porque no hay juez más duro que ese habitando dentro de mí mismo. El ángel y el demonio habitan y coexisten dentro de mí mismo, el juez y el acusado, el necio y el sabio, el que odia y el que ama. No es lo que viene de afuera lo que nos hace daño, sino aquello que brota desde nuestro propio ser interno.

Autor: Daniel Rojas Salzano

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