Las aves, la rabia y la ignorancia

Dos amigos conversan animadamente, ella mira su móvil, hace un gesto de aprobación y le muestra a él una frase del famoso Alejandro Jodorowski la cual rezaba: “Los pájaros nacidos en jaulas creen que volar es una enfermedad”. El chico se sorprende, abre sus ojos, queda pensativo y luego dice a su amiga: “me hizo pensar en todas aquellas veces que nos han visto como aves enfermas y aquellas veces que hemos sido las aves enjauladas viendo volar a otras, señalándoles enfermas”.

En ese mismo día, dos mujeres se tropiezan en la calle, una de ellas distraída, la otra, odiando la vida. La distraída pide disculpas, la segunda, que viene dando vueltas en su cabeza a un conflicto le grita y le insulta, no importa la distracción de la primera, lo que importa es tener a alguien sobre la cual vaciar toda la incomodidad, todo el odio que trae por dentro, toda la frustración y la rabia de una vida desperdiciada y que peligra con interrumpirse. Treinta minutos atrás, esta mujer ha recibido una terrible noticia.

Dos anécdotas aparentemente desvinculadas de alguna manera se relacionan. Las relaciona la ignorancia. Las aves que juzgan a otras aves por no ser  como ellas, ignoran que se puede vivir fuera de una jaula. El insulto y el odio expresado con vehemencia provienen de la ignorancia. En el primer caso, ignorar otra forma de vida. En el segundo, ignorar el amor propio sin el cual no es posible amar o expresar amor y el juicio a aquella persona atribulada que tiene un problema existencial. Ignorar que la vida nos es dada y que la existencia es una decisión única e intransferible. Un poco más, dice el Dalai Lama: “el mal es la ignorancia (…) un doctor tibetano que fue torturado durante años en una prisión china, decía que nunca se enfadó con ellos, aunque le estuvieran torturando, sino que continuó manteniendo un sentido de compasión por su profunda ignorancia que les permitía hacer tales cosas a la gente”

Continuamente desde la ignorancia lanzamos juicios al aire. Espetamos frases dilapidantes contra otros seres humanos haciendo caso omiso a la propia condición humana. Hacemos cosas negativas desde la ignorancia o recibimos malos tratos como consecuencia de la ignorancia. Desde el desconocimiento nos hacemos historias en nuestras cabezas acerca de lo que el otro fue, es o podría llegar a ser. Historietas. Novelas dramáticas sobre la vida de los otros. Ignoramos nuestra propia vida interna. Nos hacemos ciegos a nuestra propia existencia, a nuestra forma de vivir, a nuestra manera de estar en el mundo, con lo cual, es mejor ver en el otro mis desgracias, alienando la propia estulticia y proyectándola hacia el mundo.

Ignorancia. Desconocer la propia condición humana. No asumir nuestra particular responsabilidad sobre lo que hacemos y las decisiones que establecen nuestra manera de estar en el mundo. Al final del día, es más fácil señalar al otro para que mi propia vida medio funcione que mirar mi humanidad y asumir que estoy encerrado en mi propia jaula, que los barrotes no son más que limitaciones de la propia manera de ser con la cual me aproximo a la realidad, o mejor, me alejo de la realidad para no hacer contacto con mi propia ignorancia. Siempre es más fácil señalar hacia afuera.

La vía para salir de la ignorancia es el autoconocimiento. Tener conciencia de mí mismo aunque paradójicamente conlleve un gran dolor inicialmente. Luego el alivio y la sanación se manifiestan. Resulta necesario saber que en mi encuentro con el otro siempre tengo la posibilidad de estar agradado o desagradado, de conocerme un poco más o ignorarme un poco más. En un verdadero encuentro con mi condición humana siempre habrá manera de crecer, si observo mi manera de estar frente al otro, más allá de la propia condición del otro, si soy observante de mí mismo. Siempre puedo alejar la ignorancia, al menos reducirla. Ser consciente de mi propia naturaleza, de mi esencia y de mi existencia, aumentar el foco de la conciencia sobre mí mismo. Mi paso por el mundo puede ser indiferente o estar lleno de significado. Depende de mí. Siempre de mí. De mis decisiones. Decía Sartre: “Estamos condenados irremediablemente a la libertad”.

Dos personas que se quieren se sientan a hablar. Toman un  café y luego de pronto, en el aire de la noche, con la brisa del viento, se dan cuenta que hablan de ellas mismas, hablan de sus sentimientos. Una conversación auténtica. Llega a su fin el malestar. La sensación de tristeza y desánimo está y también pasa. Tienen la posibilidad de vivir con lo que tienen. Lo que sienten les hace sentir vivos. Termina el día.

Autor: Daniel Rojas Salzano

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