Dos vidas

Singular e individualmente, la vida humana es un espasmo. Un momento efímero en la inmensidad del todo en el cual estamos inmersos. Aun así, cuando la vida, la singular e individual, no transita por la senda que habíamos imaginado y se detiene, en nuestra pequeña y reducida percepción, pareciera detenerse conjuntamente el universo entero. Intentamos detener quizá al mundo. Quisiéramos que la vida, la general, la grande y eterna, se detuviera mientras que nuestras vidas ínfimas y efímeras lograran encontrar un recodo por donde acertar la salida a esa tragedia inefable que nos hace sentir tan grandes como el universo, como para que éste se detenga un pequeño momento. Ningún momento humano es tan grande como para detener al universo entero. No es posible cuando nuestra propia mente no es capaz de entender por sí misma su propia existencia y modo de existir.

El Dios de los muchos rostros tendrá la habilidad de posar  sus fauces sobre nosotros. Apretar los afilados dientes. Quizá se toquen entre sí un par de colmillos. Algunas veces se excede en su fuerza y algo de sangre brota de nosotros. El Dios de los muchos rostros continuará, con sus cientos de ojos observando el mundo entero, apretando los dientes, sobre algunos lo hará con más fuerza, impíos como nosotros, dejando simultáneamente que la fortuna rocíe, porque también a algunos debe sonreír para no parecer un Dios tan fiero, tan furioso. Mientras más fuerte sintamos la mordida, así más fuerte nos elevará. Abraza pero no ahorca. Nos aprisiona dentro de su puño. Con tanta fuerza como nosotros podamos generar para soltarnos de sus duras manos. Después de soltarnos, la bocanada de aire que prosigue luego del ahogo será tan fuerte que nunca más olvidaremos que la vida es indispensable y que aún ahogados, nos circunda.

Nuestros problemas no son tan inmensos, ni tienen la fuerza arrolladora de hacer detener a un universo cuyo nacimiento no ha podido ser exactamente determinado ni por el pensamiento más encumbrado, ni siquiera por la tecnología más desarrollada. Apenas atisbos. La vida, la grande, no se detiene cuando la nuestra, enfocada en determinadas cuitas, encerrada en el ciclo de la más desenfrenada vorágine, parece detenerse, cristalizarse, quedarse paralizada sin posibilidad alguna de seguir hacia adelante repitiéndose como en una infinita trayectoria circular, la misma imagen consecuentemente tras de sí, como el perro que se persigue así mismo para morderse la cola y nunca llega a alcanzarse a sí mismo, en el eterno reproche del ¿por qué yo? a la vida, cuando la vida la grande y majestuosa, cabalga impetuosa hacia el futuro ante el cual sufrimos una suerte de ceguera de los cinco sentidos.

Singular e individualmente la vida sigue siendo un espasmo. Tan fugaz y breve en el universo como la llama de una cerilla ante nuestras pupilas rodeadas de la más absoluta oscuridad. El nacimiento y la extinción del fuego puede dejar una quemadura en nuestras manos. Nuestra breve existencia podría quemar la punta de los dedos del universo el cual, después de tantas cerillas que han prendido y apagado, tiene sus manos curadas. El fuego de la cerilla también puede iluminar en la noche oscura. La llama de una cerilla puede ser tan elocuente como el canto de las cigarras o bien, iluminar las pupilas de Dios en la oscuridad de la gran noche universal. Imagínense poder iluminar las oscuras pupilas de los ojos de Dios, tan solo en su existencia de dios único.

El viento de la existencia circula indefectiblemente aunque las velas de los navíos de nuestra existencia en algún momento decidan recogerse. El viento en algún momento, no estará a favor. Para algunos, la vida propia y la gran vida serán un reflejo fiel y transparente de un valle de lágrimas, seco y yermo. Para otros, un paraíso perdido; un medio piso entre la oscuridad y la luz; una realidad totalmente material, dura, agreste. En otros casos, la vida propia será el reflejo de lo que en sus propias almas habita. Para un puñado más, el paraíso tan ansiado y prometido. El infierno, el purgatorio y el cielo, habitan desde ya en el corazón de cada humano y según eso, brindamos amor, perdón y dolor. Todo en un mismo ser.

La vida continuará, la vida grande. Aquellas vidas en consonancia con la gran vida prevalecerán. La pequeña, pasará por interminables tormentas y será arrasada. El dolor y el amor serán sus monedas de canje frente al intercambio vital. El dolor y el amor, eterno binomio en la existencia humana, le harán sentirse presente y serán las cartas de juego que le mantendrán en muchos casos detenida en su creencia de todo lo detenido o bien, en su creencia de todo lo que habrá de ser (y será) en confluencia con algo más allá, más trascendental.

Habrá en cualquier individualidad un principio y un fin claramente demarcados, aún cuando tal cumbre sea desconocida. La vida será devastada frente a los muchos ojos incólumes de Dios. Pero allí estarán esos ojos. Observando en la oscuridad. Esperando las cerillas que iluminen sus pupilas.

Autor: Daniel Rojas Salzano

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Vida y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s