En la vida hay maestros

Siempre estamos aprendiendo. Es una de las constantes de la vida. Desde la cuna, hasta la tumba, siempre estamos aprendiendo. A mi me gusta mucho ese concepto de aprendizaje que define tal proceso como un cambio más o menos permanente en la potencialidad de la conducta como consecuencia de la práctica reforzada. Este concepto se limita a la conducta, sin embargo, creo que comporta mucho más que la conducta, implica todo aquello que sucede en nosotros, aunque no haya sido el propósito original de tal definición.

El aprendizaje es como una gran espiral. Continuamente estamos aprendiendo cosas y aquello que no hayamos aprendido en la vida, aquellos que debemos continuar procesando, se presenta consecuentemente en nuestras existencias hasta que hayamos cerrado esa espiral o logremos dirigirnos en otra dirección para continuar aprendiendo otras cosas que debemos cultivar. Aquello que vamos aprendiendo, es lo que nos define día a día como individuos.

Los padres, los que nos procrearon y/o nos criaron, son los que inicialmente la vida nos pone como maestros. En mi caso y en mi experiencia particular, creo que he tenido dos maestros excelentes. Estos maestros de vida, que nos enseñan con las herramientas que tienen, con sus creencias, sus conceptos, con sus emociones, sus miedos, sus pasadas experiencias, con sus ejemplos, con lo que hacen incluso más que con lo que expresan, nos guían inicialmente para ir definiendo el mundo que tenemos a nuestro alrededor. Si para ellos la vida es terrible, para nosotros posiblemente, en un inicio lo será. Si para ellos la vida es buena, para nosotros lo será. Creo que en muchos casos, los padres nos enseñan aun cuando no tienen la pretensión de hacerlo.

Lo que vamos aprendiendo constituye la carga emocional y racional con la cual vamos aprehendiendo el mundo a nuestro alrededor. A partir de cierta edad, comenzamos a escoger qué es para nosotros cierto, qué nos resulta, qué queremos mantener. Vamos haciéndonos dueños de nuestras propias vidas, apropiándonos de nuestra existencia y lo vamos haciendo con una importante carga de aquello que logramos aprender en los estadios iniciales de nuestra presencia en el mundo. No es posible desembarazarnos de lo que hemos logrado aprender, porque al fin de cuentas, somos lo que somos en el momento presente porque alguien (pueden ser muchas personas) nos enseñó algo, porque la vida nos puso a prueba. Con esas herramientas adquiridas, con las que intentamos configurar y dar explicación a nuestra cambiante realidad, nos comportamos y también enseñamos.

Así como nuestros padres nos han enseñado muchas cosas, también en el camino se presentan un cúmulo importante de personas que resultan importantes y nos enseñan cosas a nosotros, tomando en cuenta que nosotros, también comenzamos desde nuestra primera existencia, a enseñar cosas a las personas a nuestro alrededor, aún sin tener la más mínima pretensión de enseñar. Quienes tenemos hermanos, sabemos que los hermanos son una fuente majestuosa de aprendizaje. Nos enseñan a defendernos y a pelear. Entre otras muchas cosas.

Existen personas que nos enseñan, personas que nos enseñaron. Personas que nos educan, que nos instruyen. Y siempre los padres están presentes. Continúan guiándonos. De forma desinteresada. Personas que están presentes para indicarnos un camino, para indicarnos un obstáculo o problemas, para indicarnos salidas, soluciones. Individuos que nos ayudarán a ver, a observar, escuchar, sentir, querer o repeler. La vida es un continuo aprendizaje.

Luego nos encontramos que más allá de todo lo que nos enseñen, está lo que nosotros decidimos hacer con todo ese catálogo de enseñanzas y aprendizajes. Lo que interpretamos y cómo lo decidimos interpretar. En el caso de los padres, hijos y hermanos, aunque todos parecen recibir lo mismo (en apariencia), cada uno interpreta la realidad de una forma determinada. Para los padres, los hijos son como los dedos de las manos, todos salen del mismo lugar, pero no son iguales ni pueden hacer lo mismo. En un grupo determinado, aunque se pretenda enseñar lo mismo, cada individuo, de acuerdo a su propio bagaje y cúmulo de experiencias, interpretará y en consecuencia actuará, conforme a cómo logra metabolizar lo aprendido.

Es muy importante recordar siempre que en algún momento no supimos hacer algo. Es muy importante que sepamos reconocer que en algún momento estuvimos en blanco en función de algo. No olvidemos que en un momento no supimos hacer, decir, interpretar. Que en algún momento desconocimos algo. Resulta importante porque en la vida, parte de nuestros aprendizajes serán el resultado de tener que enseñarles a otros. Olvidar de donde venimos implica que no hemos aprendido del todo la lección y que deberemos transitar el mismo punto en la espiral de aprendizaje.

Agradezco a la vida saber que todo es aprendizaje. Que desde la cuna hasta la tumba, todo es un continuo aprendizaje. Aprender o tener el potencial para aprender es necesario para vivir. La vida, no la concibo sin aprendizaje. Algunas lecciones serán duras y dolorosas. Aprender, como dijo Antonio Machado que “todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo camino, camino sobre la mar”. Agradezco por los caminos recorridos, por los maestros amorosos que me han guiado desde mi nacimiento y por los maestros que he encontrado en el camino, que con la pretensión de enseñar o sin ella, me han mostrado algo de la vida o algo de mí mismo. Agradezco a mis padres enseñarme el amor y haberme enseñado a amar.

Autor: Daniel Rojas Salzano.

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