Siempre se ha hecho de esta manera

Si usted quiere acabar con el ingenio, la innovación, la proposición de ideas, si usted desea quitarse a esa gente molesta que quiere cambiar las cosas, con deseo de generar cambios (aunque naturalmente somos resistentes al cambio), gente diciendo barbaridades tales como “tenemos que salir de la zona de confort”, usted replique con la poderosa frase que es como una pared “aquí las cosas siempre se han hecho de esta manera”. Se estrellarán contra esa frase. Si vuelven con eso de vamos a cambiar, vuelva a espetarles la frase acompañada de un “no se puede” y con una alta probabilidad, usted habrá acabado con esos molestos reformistas que siempre encontramos en alguna parte.

¿Lo anterior le resulta familiar en función de su familia, trabajo, escuela, país? Si su respuesta es afirmativa, pues quiere decir que usted está en uno de los dos lados, o bien en el lado de aquellos que no quieren cambiar o bien en el lado de aquellos que buscan generar cambios y mejoras. De forma natural, todos sin excepción, en una u otra esfera de nuestras vidas expresamos algún tipo de resistencia al cambio. Algunos más que otros, pero eso siempre está allí.

Hacer mejor las cosas es necesario. Lo adecuado hoy, es lo que mañana deberemos cambiar, es parte del proceso. Las fórmulas, los métodos, técnicas, herramientas, ideas, paradigmas, etc., que en algún momento nos ayudaron a entender el mundo es posible que hoy no nos sirvan, que no expliquen completamente los fenómenos que se manifiestan a nuestro alrededor o que requieran adecuaciones en función de los cambios que ocurren naturalmente en el mundo. La opresión y el silencio de la costumbre por un momento nos dejan tranquilos, sin embargo el precio de la resistencia al cambio al final es mucho más costoso que el cambio en sí mismo.

Creo que los cambios son necesarios y de hecho, si durante la historia del mundo la frase “esto siempre se ha hecho así” hubiese ganado, quizá aún estaríamos sufriendo por la peste bubónica, no tendríamos penicilina, viviríamos sin desodorante, no conoceríamos la telefonía móvil ni la informática, no tendríamos Declaración Universal de los Derechos Humanos y las bellas artes no nos habrían maravillado como hasta ahora lo han hecho. Quizá aún estaríamos en los albores de la edad de piedra intentando reconocernos como seres humanos. La realidad ha sido distinta. Unos testarudos seres humanos, empecinados en cambiar las cosas, comprometidos con la vida, con el progreso, con el desarrollo, han logrado generar grandes cambios, en algunos casos beneficiosos, en otros no tanto, pero han generado cambios. Lo mejor, es que aún tenemos como humanidad, muchas áreas de oportunidad.

Para cambiar no basta simplemente con decir “vamos a cambiar” o “esto así, no funciona”. Tenemos que implicarnos en los procesos de cambio, involucrarnos y comprometernos. Decía Margaret Mead que los grandes cambios de la sociedad solo lo producían grupos humanos pequeños. En efecto es así. Que luego una idea o propuesta se masifique es otra cuestión. Pero generalmente los cambios comienzan a gestarse en la mente de unos pocos. Estos pocos suelen ser personas apasionadas, comprometidas, llenas de ganas por ver mejorar las cosas y con frecuencia deben ser testarudos para no desalentarse ante los pesimistas y los pájaros de mal agüero. Debe haber compromiso para no decaer ante la primera persona que te espeta con ese “aquí las cosas se han hecho siempre de esta manera”. Que exista constancia, disciplina y una voluntad férrea para generar cambios. También debe haber valor y utilizar el miedo (que siempre lo puede haber en distintos grados) como trampolín y no como paralizante.

Si queremos ver cambios en nuestro entorno, si queremos ver cómo las cosas mejoran, nosotros mismos debemos ser agentes activos del cambio. Citando a Gandhi “Si pudiéramos cambiarnos a nosotros mismos, las tendencias en el mundo también podrían cambiar”. No basta con decir que las cosas deben cambiar, o que queremos que las cosas cambien. Nosotros mismos debemos formar parte de ese cambio y tener un rol activo dentro de los procesos de cambio. La mejor forma de predicar es con el ejemplo y la tesis que no está acompañada de praxis es al final tan vacía como un cuenco arrinconado. Debemos producir los cambios pues estos no ocurrirán por sí solos y nadie vendrá a cambiar nuestro entorno si nosotros no queremos y no llevamos a cabo acciones para vivir el cambio.

El cambio es la única constante que existe en nuestras vidas. Cuando decimos la frase “aquí las cosas siempre se han hecho de esta manera” estamos asumiendo una posición vital como de una persona que se queda impávido frente a una avalancha que se le viene encima, de ello depende perecer o perdurar. Los cambios, así como todo lo que estos generan y requieren, nos exigen un enorme trabajo hasta que podamos instalar el cambio por el tiempo necesario hasta que el nuevo cambio vuelva a tocar a nuestras puertas. Para cambiar no se requiere que seamos héroes, se requiere que seamos gente comprometida, constante, disciplinada y valiente.

El cambio implica una carrera a favor de una vida mejor, de tener una mayor felicidad, de permanecer en el tiempo. El cambio es una manera para vivir nuestros sueños. Cambiar es de valientes. Innovar, generar mejoras, es de valientes.

Autor: Daniel Rojas Salzano

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